Adicción

Adicción, cambio, Exigencia

la paradoja del cambio

Se miró al espejo y vio su cara destruida. Su angustia y desesperanza salían por todos lados. Observó sus párpados, llenos de pequeños derrames. La fuerza que había hecho anoche para vomitar toda la comida indebida, le había roto un montón de pequeños vasos sanguíneos.

La bulimia la estaba matando. Para peor, Verónica no se animaba a hablarlo con nadie. Cómo contarle a alguien algo tan bochornoso?

Hundida en su propio aislamiento, crecía el sentimiento de que no tenía escapatoria. Día a día, fracaso tras fracaso, iba percibiendo que esta adicción la llevaba a la muerte.

Después de un baño se fue a trabajar como pudo, sintiéndose una mutante. El subte estaba con poca gente, así que se sentó al lado de una mujer de unos cincuenta años.

Un par de estaciones después y sin proponérselo, la mujer identificó unas lastimaduras en los dedos de Verónica, cerca de los nudillos. Disimuladamente buscó otras pistas. Al detectar los derrames en los párpados asumió que era muy probable que esa joven tuviera esa enfermedad con la que ella había peleado tantos años.

-Yo tuve bulimia muchos años, -soltó como si aquellas cinco palabras fueran algo menor.

En estado de alerta máxima, Verónica la miró sin decir palabra.

-Años con ese calvario y convencida de que me iba a morir. La montaña rusa se transformó en un tobogán que nunca se terminaba. Siempre podía estar un poco peor.

Verónica permanecía callada.

-A más exigencia, más fracaso. La repetición de fallas me generaba inseguridad y frustración. Y cómo respondía yo a eso? Con más exigencia, -continuó la mujer.

Verónica sabía de qué le estaban hablando. -Y qué hiciste?, -preguntó como si sólo se tratara de curiosidad.

-Un largo camino. Primero tuve que conectar con la carencia. Con esa voracidad interior que nada la saciaba. Y obviamente no estoy hablando de comida sino de afecto. Como si empacharme me anestesiara el dolor de alma que tenía. Me dí cuenta que debía empezar a desarrollar un vínculo amoroso conmigo misma. Pero qué difícil! Si lo único que hacía era exigirme y descalificarme!

La mujer, viendo que ganaba en confianza, le explicó a Verónica que recién cuando había tocado fondo pudo empezar a curarse. Que todos sus esfuerzos previos habían sido contraproducentes. El hecho de rechazar la situación y querer corregirla solo había agravado las cosas. En cambio, al sentirse completamente derrotada e incapaz de torcer un solo milímetro el rumbo, no había tenido más remedio que aceptar. Y la aceptación había abierto la puerta al cambio profundo.

-Me dí cuenta que mi rechazo a lo que me tocaba vivir solo agravaba las cosas. En el fondo, yo había definido que la vida debía ser de tal forma, y pretendí excluir todo aquello que era problemático, imperfecto, errado. Y la vida se me rebeló con la misma intensidad con la que yo pretendía corregirla. Tuve que aprender a incluir cosas que yo no quería. Validar el extremo opuesto a lo que pensaba; de lo contrario, sin integración no había posibilidad de cambios reales, -dijo la mujer.

Verónica sentía que ya estaba sanando. El mero hecho de escuchar a alguien decir exactamente lo que le pasaba, la sacaba de su aislamiento, y del sentimiento que su destino fatal era inexorable.

-Todo el tiempo buscaba intensidad, -amplió la mujer. Como si no tenerla fuera sinónimo de no estar viviendo, de estar muerto. Pero pude soltar el extremo del control, y luego de pasar al extremo opuesto de dejar fluir todo, encontrar un término medio. Ahora sé que esa tensión, ese péndulo siempre oscilará, pero aprendí a no pretender controlar, a no querer dictarle a la vida cómo debe ser. Y sobre todo, a bajar la vara.

-Bajar la vara?, -preguntó Verónica sin comprender bien a qué se refería.

La mujer le explicó que se refería a exigirse menos. Que contrario a lo que se creía, uno alcanzaba sus estándares bajando la vara, flexibilizando, relajando. Que las personas teníamos que experimentar la poca exigencia y ver cómo se vivía así, más cómodos y reconciliados con la vida.

-No se puede forzar el cambio, -completó. El verdadero cambio sucede solo. Nosotros empujamos, nos esforzamos, pero si pensamos que el cambio lo produciremos nosotros, estamos perdidos. Las condiciones para que el cambio pueda surgir provienen de la aceptación y nunca del rechazo a nosotros mismos.

-Pero cómo voy a aceptar aquello que me destruye?, -preguntó Verónica exponiéndose.

-Y qué te hace pensar que rechazándote y odiándote a vos misma vas a cambiar?

Verónica sintió que aquella pregunta era jaque mate. La mujer se paró y le entregó una tarjeta con sus datos. Luego se dirigió a la puerta, y guiñándole un ojo, le dijo:

-Vas a estar bien.

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Adicción, Aprendizaje, Exigencia

Boy scout

Vivimos con la exigencia de ser perfectos, correctos, satisfacer siempre a los demás. La llevamos a tal extremo, que nos ignoramos a nosotros mismos. Los demás terminan siendo más importantes que nosotros. Aún si haberlo decidido, de tanto cumplir con los demás no podemos ni averiguar qué queremos hacer para cumplir con nosotros mismos. El primer paso es darse cuenta. Asumir que no somos un frontón, y que no vinimos a esta vida a satisfacer las necesidades de los demás. Y que lo que nosotros queremos es más importante que lo que esperan los demás. Tenemos que dejar de ser boy scouts para poder ayudar en los casos que valga la pena, sin por eso perdernos con nosotros mismos.

“Sos un frontón, que devuelve todas las pelotas. Eso está bien para una pared; pero vos sos un ser humano; podés aspirar a algo más. Por ejemplo, poder elegir cuál devolver y cuál dejar pasar”.

La precisa observación del terapeuta lo hizo sentirse tan identificado que le provocó una sonrisa. Pensó en su imposibilidad de dejar de atender una llamada cualquiera a su teléfono móvil. Julián siempre debía responder. No tenía ningún margen interior de no contestar.

Aún llamadas de parientes y conocidos indeseables debían ser atendidas. No se podían evitar. El ritmo lo marcaba el otro ya que Julián no podía elegirlo, sino simplemente cumplir.

Se puso a reflexionar sobre esta situación. ¿De dónde surgía la imposición de tener que atender todas las llamadas, y de contestar todos los mensajes? Después de un rato, algunas pistas fueron surgiendo.

Por un lado sentía una especie de obligación de dejar siempre contentos a los demás. No podía frustrarlos, decepcionarlos. Tenía que ser educado, correcto,  atendiendo siempre todas las llamadas y solicitudes del que fuera. Devolver todos los mensajes que le dejaran. Una regla de hierro que prácticamente anulaba sus propias preferencias. ¿Qué pasaría si no contestaba?

Su primer sensación fue percibir un abismo. No tenía ningún margen para incumplir. Esa alternativa no existía entre sus posibilidades. En el caso que el que llamara fuera una persona interesada, o alguien con quien Julián no tenía una buena relación, daba lo mismo. Había que ocuparse del otro, atenderlo, ser correcto.

El mero hecho de pensar en no responder algunos mensajes le producía angustia. Él estaba educado para dar respuestas siempre. No hacerlo era defraudar, y él debía dejar a la gente contenta.

¿Y si eso entraba en conflicto con sus propios intereses? No encontró respuesta para esa pregunta, dado que en su historia de vida no había mucho lugar para sí mismo.

Pensar en no responder le resultaba intolerable. Simplemente no podía hacerlo.

La situación se agravaba en el caso de un familiar enfermo. Esa realidad justificaba que ciertos parientes pudieran llamarlo para contarle el último parte médico, alguna urgencia, o eventualmente informarle el fallecimiento. Por razones tan lógicas, Julián debía estar siempre listo. Un auténtico boy scout.

Como era natural, el pariente tardó varios años en morirse. En el interín, Julián atendió infinidad de llamadas de gente a la que hubiera preferido no atender, para que le hablaran de temas que no tenían nada que ver con la salud del pariente, y que no le interesaban en lo más mínimo. Su  permanente exigencia de no fallar, le impedía elegir con quién hablar. ¿No podrían dejarle un mensaje que él pudiera responder unos minutos o unas horas más tarde?

¿Tan importante era estar siempre al pie del cañón? ¿Se podía vivir toda la vida en estado de alerta?

Por otra parte, había otra faceta del mismo problema. Cada vez que la pantalla de su teléfono mostraba un número que él no conocía, también debía tomarlo. De poco importaba que resultaran ser promociones, vendedores de seguros, o gente a la que no soportaba.

Julián temía dejar de atender una llamada que justo fuera la oportunidad de su vida. Algún negocio genial, una oportunidad histórica. Así las cosas, atendía todas, sin poder elegir cuál tomar y cuál dejar.

Como era obvio, muy pocas valían la pena. La mayoría pasaban con más penas que gloria. Pero bajo la creencia de que se exponía a perder la oportunidad de su vida, vivía atendiendo cualquier cosa. Por más que razonara que si era algo importante lo llamarían nuevamente, o que siempre podrían dejarle un mensaje solicitándole que devolviera el llamado a un determinado número, a él le faltaba la tierra debajo de los pies.

Julián volvió a pensar en la idea del frontón. La realidad es que la metáfora era completamente cierta. Se sentía como una pared que estaba obligada a devolver todos los tiros. Por distintas razones, no podía elegir tomar unos y dejar otros. Debía contestar todos.

Esa pulsión por cumplir, por ser aplicado y correcto, por no perderse ninguna potencial oportunidad, lo lleva a no poder priorizar.

En los hechos, la realidad terminaba priorizando por él, y de la peor manera. El hecho que él quisiera responder todo terminaba poniendo en igualdad de condiciones a personas y situaciones con valoraciones muy distintas. Era frecuente que en su afán por cumplir con todos, terminara tratando a las apuradas o mal, a temas que le importaban mucho.

Finalmente tomo la decisión de ponerse en marcha. Julián quería empezar a elegir. Si bien eso no siempre era posible, él lo había llevado al extremo opuesto, habiendo renunciado inconscientemente. Al querer responder siempre, no podía elegir nunca. Una sola decisión, que afectaba todas las demás, anulándolas.

Como si fuera la recuperación de una adicción, empezó a apagar el teléfono de noche. Al principio le costaba mucho, temiendo que no lo pudieran ubicar en caso de urgencia. No sólo no se murió nadie, sino que lo único que pasó fue que su calidad de vida empezó a mejorar. Se reía al preguntarse cómo sería la vida antes de la existencia de los teléfonos móviles, o de los seguros de viajero. Se vivía igual, se viajaba sin cobertura pero sin problemas. Como si las nuevas necesidades crearan nuevos miedos.

Luego se propuso dejar de atender toda llamada que no reconociera. Esta decisión también fue muy difícil al principio, porque cada vez que su celular sonaba y él decidía no atenderlo, temía estar perdiéndose la llamada de su vida. En pocos días se dio cuenta que nada de eso sucedía. Por el contrario, las llamadas que se perdía, estaban bien perdidas. Y si había alguna puntualmente importante, siempre se podía recuperar.

Después de todo, no era posible vivir temiendo perder la oportunidad de su vida a cada instante.

Por último, tomó la decisión de dejar de atender a aquellas personas que simplemente no quería atender. Hacerlo le causó sentimientos contradictorios. Por un lado, la sensación de estar incumpliendo, de ser un maleducado. Pero en la medida que pasaban los días fue aprendiendo varias cosas.

En algunos casos, sus frustrados interlocutores se enojaban por no poder hablar con él, evidenciando que lo único que querían era que se les satisficiera un reclamo o necesidad. Esa situación ratificaba el rumbo decidido por Julián.

Después de todo, el no estaba para satisfacer todas las necesidades de los demás.

Sin embargo, lo más importante que fue experimentando con el correr de los días, fue una sensación de libertad. Poder elegir, poder decirle que sí a algo, llevaba implícito decirle que no a otras cosas. Julián, erróneamente, había creído que decir que no era algo negativo, básicamente porque producía sentimientos desagradables en los demás, o porque podía implicarle perder una oportunidad única.

Ahora comprendía que a veces estaba bien decir que no, y no por querer frustrar a los demás, sino por la simple razón que él no podía hacerse cargo de las necesidades de todo el mundo.

Por otra parte, si existía tal cosa como la oportunidad de su vida, probablemente la fuera construyendo a fuerza de muchas pequeñas decisiones en las que iría eligiendo, y no por responder a todo estímulo, incapaz de priorizar.

Pensó en los años que le había tomado aprender algo tan obvio. Los usuales.

Artículo de Juan Tonelli: Boy scout.

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Adicción, Aprendizaje, Incertidumbre, Miedo

Rehabilitarse

Tan pronto el avión posó sus ruedas sobre el aeropuerto de Miami su corazón empezó a latir con fuerza. No había podido pegar un ojo en toda la noche. Otro efecto no deseado de la cocaína.

Hacer la cola en migraciones era angustiante. Entre fastidiado y nervioso, soportó las preguntas que el oficial latino le hacía en inglés. Luego, mientras esperaba la valija, vio a un policía con el típico perro entrenado para detectar drogas. ¿Sería el fin?

Aunque Florencio traía poca cocaína para su consumo personal, y bien escondida dentro de su computadora, pensar en el poderoso olfato de aquellos perros adictos le produjo una descarga eléctrica en toda su espalda. Para su horror, el sabueso se acercó, aunque afortunadamente siguió de largo.

Una vez a salvo fuera del aeropuerto, se preguntó hasta cuando seguiría así. No era sensato pretender entrar a los EEUU llevando drogas.

No escapaba a su conciencia el enorme peligro que estaba corriendo, y las catastróficas consecuencias que podía sufrir. Para no tener que ingresar la droga, había pensado en comprarla al llegar a EEUU. Pero eso implicaba buscar y encontrar un dealer, pagarla mas cara, y lo peor de todo, no poder consumir en las interminables nueve horas de vuelo. Imposible.

La pregunta acerca de cómo había llegado a esta situación era pertinente y habitual. ¿Qué adicto no se preguntaba cómo era posible que su vida se hubiera convertido en ese infierno? Sin embargo; ¿quién era capaz de relacionar las causas subyacentes -subterráneas masas de dolor-, con la autónoma y arrolladora dinámica de una adicción?

Florencio recordó su primer contacto con la cocaína. Un hecho social casi menor, que le produjo bastante placer. Luego hubo una segunda y una tercera vez, que terminaron convirtiéndose en un hábito de fines de semana. Como jugar al tenis.

Todo iba bien hasta que se dio cuenta que no llegaba al siguiente fin de semana. La necesitaba antes. Pese a que esa conciencia encendió todas las luces de alarma, no lo pudo evitar.

La siguiente escala de ese viaje al infierno fue cuando registró que ya no podía dejar de consumir todos los días. Mientras su vida se iba desbarrancando a creciente velocidad, mayores eran sus contradicciones. Por un lado, una audacia sin límites. Por el otro, un miedo que más que un miedo era un agujero negro. Un buen ejemplo había sido su decisión de comprar una caja de seguridad.

A raíz de su crecimiento económico había resuelto poner una caja fuerte en su casa para guardar dinero. Pero; ¿y si venían ladrones y lo obligaban a abrirla? Preocupado por ello, decidió poner dos; una en la que dejaría un poco de dinero, y otra en la que pondría todo lo importante.

Mientras contrataba a la empresa que se las instalaría, apareció otro dilema perturbador. ¿Qué hacer con los empleados que vendrían a colocarla? Ellos conocerían no solo la dirección del edificio sino también la ubicación dentro del departamento y hasta el tipo de caja de seguridad. Todos los datos necesarios para después venir a robar o soplárselos a un delincuente que los participara en el negocio.

Con su cabeza a doscientos kilómetros por hora pensó en no decir su dirección. Rápidamente se dio cuenta que si no lo hacía, no habría manera de que pudieran instalarlas. ¿No habría?

Se le ocurrió una idea brillante: pasar a buscar a los empleados en el local, vendarles los ojos, traerlos en un taxi, y recién descubrírselos cuando ya estuvieran adentro del departamento. Registrando que aunque la idea era buena despertaría más sospechas, finalmente accedió a dar su dirección. La vendedora, aunque ajena a sus angustias, no dejó de percibir toda la extrañeza de la situación.

Después de la inexorable catástrofe en la que Florencio perdió toda su empresa, sus falsos amigos, y por poco también la vida, las cosas se empezaron a acomodar. No era tan difícil cuando alguien ya se había quedado sin nada.

Lo intolerable solía ser el tránsito en el que se iba perdiendo todo.  Pero una vez allí, el no tener nada que perder facilitaba la reconstrucción. Solo las personas que insistían en llorar lo perdido y quedarse aferradas al pasado, eran las que no podían volver a ponerse de pie.

Florencio no tuvo más remedio que empezar de cero, tratando de incorporar dosis de normalidad. Vida familiar con algún amigo que quedaba, un trabajo no tan bien remunerado e infinitamente menos glamoroso.

Pasó el tiempo, e inexplicablemente su adicción se curó sin que recurriera a ningún profesional ni institución que lo ayudara. Haber mirado a los ojos a su propia muerte lo había curado de un saque.

Sin proponérselo, se fue convirtiendo en una persona sumamente conservadora. Tenía importantes dificultades con la incertidumbre. Como si hubiera consumido todo el crédito de riesgos que un hombre podía llegar a vivir en toda una vida. Él ya había corrido todos los peligros y no quería correr  ninguno más. ¿Sería posible?

Dolorosamente se fue dando cuenta que a más esfuerzos por generar seguridades, más inseguro se sentía. Los miedos parecían ser como un árbol que cuanto más se lo podaba, más brotes surgían.

Había momentos en que pensaba en que se iba a volver loco. La línea entre la insanía y el equilibrio podía ser tan delgada que le daba terror. Como el vértigo de estar parado al lado de un precipicio: la percepción de un riesgo tan próximo terminaba traccionando a las personas al abismo.

Y esa situación era siempre paradójica porque de no estar parados al lado del precipicio nadie tendría dificultad en mantenerse en pie o caminar por un espacio de treinta centímetros de ancho. El tema era que la proximidad al vacío tornaba a ese precipicio en algo verosímil que terminaba ocurriendo.

La dificultad era percibir la incertidumbre sumada a la incapacidad de modular sus emociones. La inseguridad de sentir que su sistema de límites no funcionaba bien y que la vida lo podía arrastrar a cualquier infierno en cualquier momento.

Tener registro de las propias vulnerabilidades era siempre una fortaleza. Los que no lo tenían, solían estrellarse. Sin embargo, sentirse una vulnerabilidad caminante, no ayudaba a vivir. Las personas así, se transformaban en entes que apenas vivían. Evitaban cualquier riesgo y en el fondo, sin saberlo evitaban vivir.

Como la existencia siempre empujaba a las personas a sus propias palestras, Florencio tuvo que atravesar otro episodio que el vivió como extremo. Una dificultad al tramitar su pasaporte terminó generándole un miedo intenso a ser arrestado por la policía cuando fuera a retirarlo.  Apenas pudiéndose sostener, le pidió a un compañero que lo acompañara.

La tarea del amigo era en algún sentido, irrelevante: no podría impedir un arresto si es que el mismo debía ocurrir. Pero en algún sentido también era decisiva ya que implicaba acompañarlo. Que Florencio supiera que no estaba tan solo.

Miró para todos lados asegurándose que no hubiera policías alrededor de la oficina de pasaportes. Luego, sintiéndose que se moriría de un infarto, Florencio se dirigió a la ventanilla correspondiente. Entregó el comprobante a una empleada, quien se retiró a otro ambiente.

El corazón de Florencio iba a explotar. ¿La empleada habría ido a buscar el pasaporte o a avisar a la policía? La angustia duro pocos instantes, ya que la misma mujer cruzó nuevamente la puerta pero esta vez con el documento en la mano, el cual entregó con una sonrisa.

Mientras caminaban alejándose, Florencio sentía ganas de correr. Un reflejo instintivo que lo alejara del peligro. Había tenido suerte en que detectaran su situación, pero ahora debía escaparse antes que se dieran cuenta. Por un lado, no quería hacerlo para no llamar la atención. Pero por el otro, tampoco quería dejar de hacerlo, para asegurar su supervivencia.

Ya en el auto de su amigo y con los peligros de muerte dejados atrás, Florencio se dio cuenta que no podía seguir viviendo así.  De la audacia sin límites de la cocaína, al conservadurismo más extremo de este adicto recuperado.

Percibió que su vida no tenía vitalidad. Después de tantos riesgos corridos y tantos destrozos sufridos, ahora solo había una búsqueda desesperada de certezas.

Sus anhelos pasaban por lograr una posición económica que le permitiera tener una linda casa, un buen nivel de vida, y ningún sobresalto en el futuro. Pero ¿alcanzaba con esas certezas para vivir? Percibía que no. Se preguntó cómo podía hacer para recuperarse de emociones tan extremas. El intenso miedo vivido, había dejado secuelas profundas.

Registró que el tema no era el miedo sufrido, ni los dolores emocionales. El verdadero problema era que todo aquello era tan intolerable que Florencio no había sido capaz de mirarlo a los ojos. Simplemente y al igual que todos los seres humanos, se escapaba de sus fantasmas huyendo hacia adelante.

Pero esta vez no quería seguir siendo un fugitivo. Supo que el único camino para que esas emociones dejaran de manejarle la vida era ponerlas a la luz. Dejar de escaparse de ellas para poder recibirlas y aceptarlas.

Hasta ese momento, Florencio entendió que su inconsciente pacto interno era hacer como si no existieran, a cambio de que ellas no lo molestaran. Pero ese acuerdo no estaba funcionando. Al sentirse ignoradas, aquellas emociones y dolores obturados le manejaba la vida.

Apremiado por las circunstancias, imaginó un nuevo trato. Él las reconocería, las recibiría y las respetaría. Nunca más volvería a ignorarlas. Pero de ahora en más, no les permitiría que gobernaran su vida.

Registró el tiempo que había perdido por negar sus emociones negativas. Retrospectivamente, era fácil de comprender que uno nunca podría ser libre de algo que negaba. Al hacerlo y subestimar su existencia, generaba las condiciones ideales para que eso creciera. Como un cáncer del cual era imposible curarse si uno no aceptaba su existencia. Solo al hacerlo, había chances de enfrentarlo y sanar.

Pensó que la vida parecía un largo y permanente proceso de rehabilitación. De la esclavitud del pasado, y de las heridas y condicionamientos negados, a ser capaz de crecer en libertad interior.

Artículo de Juan Tonelli: Rehabilitarse.

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Adicción, Ansiedad, Sufrimiento

Es el amor: tendré que ocultarme o huir

Te necesito.

Aquellas diez letras como final de un correo electrónico a las 2.35 de la madrugada no le pasaron desapercibidas. Era claro que no se trataba de una urgencia porque hubiera llamado. Sin embargo, que Ricardo expresara algo así, indicaba que algo importante le estaba pasando. Era mucho más que una señal de cariño.

A la tarde siguiente y apenas cinco minutos después de haberse encontrado, quedó claro el porqué del mensaje.

“-Una mujer me partió la cabeza”, soltó con una sonrisa que dejaba traslucir entusiasmo, fragilidad, gozo y miedo.

“-¿Cuánto hace?”, preguntó Eduardo disponiéndose a escuchar a su amigo enamorado.

“-Poco, un par de meses”, respondió Ricardo bebiendo un sorbo de whisky.

Lo primero que pasó por la mente de Eduardo, fue asombrarse una vez más del poder arrasador del enamoramiento. ¿Cómo era posible que alguien de 48 años, con más de la mitad de su vida casado, pudiera entrar en una crisis profunda tan rápido?

Una persona madura, con cuatro hijas y buena pareja podía ver todo amenazado de un instante a otro. Con la misma imprevisibilidad que si lo hubieran llamado para contarle que un hijo suyo había tenido un accidente. Aunque en el enamoramiento ni siquiera existía la llamada: era como un rayo que partía la vida sin aviso.

Paco seguía con el relato obvio. Que ella era maravillosa. Que era la única persona que lo cuidaba y lo entendía. Que no podía creer como cogían, a punto tal de preguntarse qué sería lo que antes llamaba sexo, porque no tenía nada que ver con lo que vivía ahora. Ni la calidad, ni la intensidad, ni la conexión. Claro, la madurez era un aporte decisivo al pico sexual.

Eduardo trataba de ser empático y contenedor, sin dejar de hacerse preguntas. ¿Cómo era posible que Ricardo, al igual que millones de personas a lo largo de miles de años, fueran incapaces de darse cuenta que estaban totalmente fuera de sí mismos? Efectivamente, el enamoramiento podía ser como una droga dura. Las neurociencias ya habían corroborado lo que Freud había definido como un estado obsesivo mucho antes.

La pregunta inevitable era para qué existía ese estado. La única respuesta lógica parecía ser el poderoso impulso de reproducción de la especie. Una razón biológica. Por más que los seres humanos presumieran de ser racionales, tenían más del 97% del código genético de un chimpancé. Sus preocupaciones centrales eran comer, sobrevivir y reproducirse.

Pero esa hipótesis evolutiva llevaba a una pregunta aún más inquietante.  ¿Justificaba el caos y destrucción que generaba en la vida de las personas la calentura provocada por el sexo?

Sin tratar de ponerse moralista, una conclusión así parecía excesivamente simplificadora. El enamoramiento fatal solía tener otros ingredientes: la autoestima, la historia de vida, la conquista, las adicciones y hasta el sentido de la existencia.

Como sostenía una sexóloga estadounidense, las personas no eran infieles porque estuvieran aburridas de su pareja, sino porque probablemente estuvieran aburridas y hasta hartas de sí mismas.

Sin embargo, pretender entender el enamoramiento era una misión imposible. Los seres humanos podían jugar a intentarlo, proponer hipótesis y hasta certificar razones. Sin embargo, la verdad correspondía más al campo del misterio. ¿Habría encontrado Paris, una razón para enamorarse de Helena de Troya? ¿Su belleza justificaba la catástrofe que él sabía que desencadenaría aquél amor?

Ahí estaba Ricardo, sumido en la pasión arrasadora que lo zamarreaba de un lado a otro de su existencia. Máximo gozo y máximo sufrimiento. Nada de términos medios. Y el baile recién empezaba.

Debía asumir que involuntariamente, su esposa se había convertido en el principal obstáculo a esa felicidad que recién asomaba. De nada importaba la relación rica y profunda que tenían. También, registrar que su enamorada estaba amenazando severamente su familia. Ese clásico imposible de no querer perder nada.

¿Cómo podría querer dejar de ver un sólo día a su Helena, si era lo mejor que le había pasado en su vida? Eso no era una opción. Simultáneamente; ¿como podría romper con su mujer y familia si era lo más valioso que tenía?

¿Era posible que el enamoramiento destruyera al amor? Era bastante claro que lo que se llamaba amor, era lo que sentía por su esposa. Con su enamorada tenía otra cosa. Locura, desesperación, alegría infinita, agonía. Tal vez pudiera devenir en amor, pero por ahora pertenecía a otra categoría. El amor era más sereno. Si era incendiario, era cualquier cosa menos amor. Cocaína, por ejemplo.

Ricardo continuaba con su relato que podía ser el de cualquiera. Que cuando viajaba se quería matar. Su corazón permanecía junto al de su enamorada, pese a los miles de kilómetros que los separaban. Y que los únicos momentos buenos eran cuando hablaba o se mensajeaba con ella.

Para maximizar las contradicciones, hacía pocos meses que se su enamorada se había comprado un departamento con su novio, después de siete años de estar juntos. ¿Era posible que el destino siempre hiciera esas crueldades? ¿Por qué no desencadenaba el romance fulminante unos meses antes de que adquirieran el que sería su hogar? ¿Lo hacía a propósito? ¿Cuál se suponía que era la lección si es que la había?

Pensar en dejar de verla un sólo día era un imposible, una desesperación. Paralelamente sentía el miedo de estar yendo a toda velocidad hacia la destrucción de su matrimonio y familia. Así como no podía ni pensar en dejar de ver a su enamorada, tampoco podía imaginarse perdiendo el contacto cotidiano con sus hijos, hecho inherente a cualquier separación.

Ricardo buscaba con desesperación algo que le arreglara su vida. ¿Sería posible? Después de todo las crisis eran situaciones paradojales, contradictorias, en donde las preguntas no podían ser respondidas. En ese escenario, lo último que deseaban las personas era que alguien les pinchara el globo o les dijera qué tenían que hacer. Básicamente porque eso lleva implícito elegir algo, para lo cual era necesario descartar algo, y eso era justamente lo que no podían hacer. Se quería tener todo, sin registrar que eso nunca sería posible. Pero ya habría tiempo para ir resignándose a la desgarradora realidad.

Consciente de ello, Eduardo solo trató de abrazarlo emocionalmente y de aportar alguna perspectiva. “-No te puedo decir nada, salvo recordarte que estás bajo los efectos de la cocaína. Por ende, no tomes ninguna decisión hasta que vuelvas a ver la realidad más parecida a lo que es, y no con el enorme efecto distorsivo en que estás ahora…”

Como un niño, Ricardo preguntó: “-¿Y cuánto tiempo imaginás que me llevará volver a percibir la realidad?”

“-Eso no lo sé amigo. Pero te puedo decir que si fuera tu representante y me ofrecieran un contrato estableciendo que durante tres años no vas a tomar una decisión, lo firmo ya. No tengo duda que te haría un gran favor…”

“-¡Tres años! ¡Vos me estás cargando!”

La serena sonrisa de Eduardo le mostró a Ricardo que estaba hablando bien en serio. “- ¿Y cómo se hace?”, fue la pregunta inevitable.

“-Mirá, hay que aprender a conciliar las contradicciones de la vida. A veces pueden parecer imposibles, y que la realidad nos va a desgarrar como si fuéramos Tupac Amaru. Pero hay que tener la determinación de seguir adelante y tolerar fuerzas poderosas que parecen excluyentes. Estos procesos suelen ser tan intensos que movilizan toda nuestra vida. Puede llevarnos diez años entender qué pasó. No te digo que esperes eso, pero sí que aguantes hasta que se te pase el efecto narcótico”, dijo Eduardo con mucha paz.

“-¿Diez años para entender, y que espere tres para que se me pase? Es una crueldad porque me voy a perder lo mejor de este amor…”, protestó Ricardo.

Eduardo lo miró con ternura y le dijo: “-La verdad es que nadie sabe cómo va a terminar todo esto. Ni siquiera vos mismo. Los dos extremos son los peores escenarios: que te separes por ella y que dentro de cinco años te encuentres que ya pasó la pasión y que la pareja termina siendo parecida a la que tenías. Solo que tu vida es más complicada y lastimaste a mucha gente. Como contrapartida, el otro extremo sería que cortaras esta relación y siguieras con tu mujer pero sintiéndote un muerto en vida, incapaz de reformularla y revitalizarla… Y te cuento que estos dos extremos son los más frecuentes en la vida de las personas”, remató Eduardo.

“-Es que así me sentiría hoy si tengo que dejar de verla”, dijo Ricardo, manifestando su imposibilidad absoluta de cortar el romance.

Eduardo, compasivo, le dijo: “- Por eso no te digo que cortes; porque no es posible… Pero date tiempo. Mucho tiempo.”

Cuando se despedían con un abrazo largo, Ricardo le agradeció y riendo le dijo: “- ¿Tres años? Sos un hijo de puta.” Y guiñándole un ojo se despidió.

Artículo de Juan Tonelli: Es el amor: tendré que ocultarme o huir

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Adicción, Aprendizaje, Incertidumbre

De precariedades y certezas

La muerte del gran actor produjo un terremoto en Leonardo y en todo el universo de adictos recuperados o en recuperación. ¿Tan precario podía ser todo?

Philip Seymour Hoffman había muerto a los 46 años, por una supuesta sobredosis de heroína. ¿Qué habría ocurrido para que alguien con dos décadas sin consumir drogas ni alcohol, hubiera recaído y terminado de la peor forma?

¿Veintitrés años de conducta intachable no servían para nada? ¿Era el pasado que siempre volvía, o era solo la normal fragilidad de la vida ?

En esos veintitrés años sin drogarse ni beber alcohol, Philip había sido un testimonio de que curarse era posible. No era el paradigma del éxito americano, sino simplemente alguien que podía hablar de sus dolores, sus esfuerzos, sus miedos más profundos. Alguien que había sido capaz de armar una buena vida. No un ejemplo, pero sí un ser humano normal que había atravesado circunstancias extraordinarias, como siempre es por momentos vivir.

Que años de sobriedad se desmoronaran con tanta facilidad, había aterrado a Leonardo. Así como la noticia del divorcio de un matrimonio perfecto siempre inquietaba a toda pareja, la recaída y muerte de un adicto recuperado había puesto en crisis a mucha gente con problemas de adicciones.

Después de todo, tomar conciencia de lo incierta que era la vida resultaba intolerable para la mayoría de los seres humanos.

Más allá de la genialidad borgeana de que “no existe instante que no pueda convertirse en un cráter del infierno”, lo cierto era que resultaba imposible vivir teniendo muy presente que cualquier momento podía ser un agujero negro.

La mente y el corazón necesitaban un mediano y largo plazo. O al menos, una expectativa aunque la misma fuera solo una ilusión. ¿Tan intolerable era lo precario de la vida?

Leonardo se preguntó por qué esta vez Philip no habría podido recurrir a los grupos de alcohólicos y narcóticos anónimos en los que había participado tantos años. ¿Por qué a veces las personas tenían algún resto de fuerza interior para pedir ayuda y otras veces no? ¿Por qué algunas veces se podía resistir la tentación y otras no? ¿Por qué en ocasiones existía el impulso vital de querer curarse, y en este caso no había sido posible? ¿Qué era lo que pasaba en la vida que ni siquiera una buena esposa o hijos chicos servían de red de contención para impedir una muerte así?

Vino a su mente la película Adiós a Las Vegas y recordó que ni todo el amor de una mujer y su enorme sacrificio habían podido impedir la autodestrucción de un hombre. El cuadro había sido muy difícil desde el principio, pero con mucho esfuerzo, paciencia y afecto, se había recuperado por completo. Sin embargo, la primavera había durado poco, apareciendo luego una pequeña grieta, una fisura. El peor de los fantasmas se había materializado y arrastrando al personaje a un torrente de adicción cuya única estación final posible había sido la muerte.

¿Acaso las adicciones eran genéticas e inexorables, como una falla geológica que tarde o temprano se expresa y devastaba una vida?

Leonardo se preguntó cómo se hacía para vivir con tanta incertidumbre. ¿Negar? Ese parecía el mecanismo adaptativo más utilizado por los seres humanos. De lo contrario, la enorme presión paralizaba y destruía a las personas. ¿Cuál era la cantidad de verdad que podía soportar un hombre común?

Repasó su vida y analizando su presente se sintió más tranquilo. Se preguntó si las condiciones subyacentes que lo habían convertido en adicto estaban superadas. Reconoció que en algunos casos sí, y en otros no. Ya había aprendido en forma muy costosa que el alcohol no iba a resolver nada. Y eso no era un enunciado racional más, sino un grabado indeleble hecho por la devastación y ciertos daños irreparables.

No obstante, algunas condiciones seguían intactas, sin solución. La necesidad de sentirse amado, reconocido, de tener que estar revalidando títulos y logros todo el tiempo, seguía ahí, incólume. La enorme auto exigencia que le imponía una gran presión, también seguía vivita y coleando.

Hasta su mirada más benevolente y compasiva sobre su propia vida, era un arma de doble filo. Por un lado, descomprimía y permitía aprender, llevarse mejor consigo mismo, no ser tan implacable y autodestructivo con limitaciones y errores. Pero por el otro, esa autoindulgencia  a veces lo habilitaba a correr riesgos que no era sensato correr.

Recordó que cuando estaba en medio del infierno de su alcoholismo, su médico le había preguntado por qué bebía. Como si se tratara de una cuestión de información, el doctor le había explicado que le hacía mal, que era una conducta que lo llevaría a vivir menos y peor. Como si no lo supiera. Los médicos y sus explicaciones obvias, de las que ni ellos eran testimonio.

En uno de esos momentos de lucidez, Leonardo le había explicado al doctor que para él beber era un mecanismo adaptativo. Ante la sorpresa del profesional, le había contado que beber le permitía sobrellevar el día. Lidiar con el dolor emocional. La soledad, el aislamiento y la alienación. El alcohol servía para que todo eso no doliera tanto, al menos por un rato. Era como un puente que le permitía cruzar ese día. Después de todo; ¿a quién le importaba el futuro si el presente era una tortura? ¿Para qué querer vivir 85 años si la vida era una herida absurda?

Estaba claro que el precio de evadirse de un presente intolerable era hipotecar el futuro. Pero nuevamente, a Leonardo no le importaba futuro alguno cuando su presente era solo dolor.

Por otra parte, cuánta más conciencia tomaba de que estaba destruyéndose con el alcohol, peor era. La presión no aportaba nada bueno, sino que reforzaba el círculo vicioso. Necesitaba más tragos para aflojar aquél presente tan exigente.

Rememoró duros diálogos con su padre. Un espartano que no entendía como una persona podía tener una adicción.

Pese a ser un hombre de mas de sesenta años, no se había enterado que querer no era poder. Algo evidente para cualquier persona que mirara su propia vida con honestidad, no resultaba obvio para su padre ni para millones de hombres y mujeres que carecían de compasión, benevolencia y hasta empatía para entender lo cómo funcionaba la vida.

Por fortuna para Leonardo, la vida lo había sacado de aquél infierno. Él sabía bien que no había sido cuestión de voluntad. Esa fuerza no había servido para otra cosa más que agravar el problema. Su recuperación sólo había sido posible cuando se había entregado. Buena paradoja.

Fuera Dios, la vida, o un grupo de personas, el tema había sido experimentar que no todo dependía de sí mismo. Los seres humanos no eran arrojados a una existencia salvaje y sin sentido. El encuentro era el puente que sacaba al hombre de esa soledad y aislamiento que lo enfermaba. Esa comunión debía darse consigo mismo, con el prójimo, y con la vida.

Y ese encuentro que también podía ser llamado amor, resignificaba todo. No garantizaba no tener problemas, no volver a caer en adicciones. Pero permitía saber que uno podría transitarlas. Ese necesidad humana de querer evitar o resolver los problemas podía jugar en contra y sumar más presión y dificultades. El punto era saber que uno no estaba solo. Que no era una isla. Que podría atravesar cualquier cosa, incluidas las adicciones.

Leonardo volvió a pensar en Philip, conmoviéndose. No sintió pena porque hubiera recaído, o porque hubiera muerto. Lo que le dio una enorme tristeza fue darse cuenta de la soledad y el aislamiento en las que debía vivir. Y eso no tenía nada que ver con estar en pareja o no estarlo. Era aún más profundo. Uno podía estar rodeado de gente y amigos y sentirse solo, o estar solo y no sentirse así.

Percibió que era imposible asegurar que nunca recaería en el alcohol o las drogas. Sin embargo, esa enorme vulnerabilidad no lo angustió. Al revés; enterarse de su existencia lo hizo sentir mejor. No había otro miedo que tapar, sino una verdad que registrar y aceptar. E intuía que el tema pasaba por otro lado.

En el fondo, la vida nunca podría jurarle que lo preservaría de ciertos problemas. Todos eran posibles. Y la palabra “todos”, helaba la sangre.

Pero saber que aún entonces, uno podía estar conectado con la vida, con otras personas, y con uno mismo, le dio confianza. La de enterarse que la única misión para la cual había venido a esta vida, no era la de evitar y resolver problemas, sino la de aprender  a amar.

Artículo de Juan Tonelli: De precariedades y certezas.

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Adicción, Sufrimiento

¿Quo vadis?

Cuando la trompa del Ferrari apenas asomaba en la recta del autódromo, el piloto de carreras que estaba a su lado, le dijo: “-pisá a fondo”. Lalo le hizo caso y los 580 caballos de fuerza rugieron como si fueran animales reales. Su espalda se incrustó en el asiento y sintió una fuerte presión en el pecho mientras el auto salía disparado.

Cinco segundos después se venía la curva encima y Lalo, prudentemente, sacaba el pie del acelerador y frenaba con fuerza para asegurarse que el auto no despistara. Después de un par de vueltas de reconocimiento, fue tomando confianza.

Cuando el Ferrari volvía a entrar en la recta principal, su entrenador le dijo que esta vez, pisara el acelerador a fondo, pero en la punta, arriba de todo. Ahí el auto descargaba toda su potencia. Lalo lo hizo y la fuerza G lo aplastó en el asiento mientras el rugido del motor parecía el de un león furioso.

La recta pasó más rápido y Lalo, temiendo despistar, piso el freno para asegurarse de meter el auto en la curva. El piloto lo corrigíó, explicándole que había frenado antes de tiempo. ¿Habría sido medio segundo? ¿O menos?

Mientras Lalo seguía circulando a la máxima velocidad que podía, el instructor le enseñaba que el tema consistía en ir a fondo hasta último momento. Recién ahí y antes de doblar, había que pisar el freno a fondo, para no tomar la curva doblando. Pero apenas entrado en la curva era necesario acelerar nuevamente para sacar al auto.

En la medida que iban pasando las vueltas Lalo recorría el circuito cada vez más rápido. Nunca hubiera imaginado que correr autos de carrera fuera una tarea que requiriera tanta precisión.

Como siempre pasaba con lo que no se conocía, se pensaba que era fácil. Ya sabía por experiencia propia, que manejar rápido era mucho más que pisar el acelerador. Eso lo hacía cualquiera. En cambio, doblar o frenar a altas velocidades, era para pocos.

Sin embargo, nunca se le había ocurrido que era necesario poner el cambio justo en el momento correcto, o tener que frenar en el último instante posible para aprovechar la máxima velocidad, una fracción de segundo más. Lo que parecía insignificante en una curva, hacía sentido en una vuelta completa, y era mucho tiempo en una carrera de 70 giros. Que micro ventajas se convirtieran en grandes diferencias le parecía más propio del ajedrez que de las carreras de autos. Y sin embargo, la vida siempre solía repetirse.

Una vez más, Lalo se encontraba llegando con el tiempo justo. Caminaba por el pasillo a paso muy rápido, para asistir a su clase de yoga. Todo un contrasentido.

Si era cierto aquél refrán de que el diablo había inventado la prisa, él o bien era el diablo mismo, o era su principal colaborador. Toda una vida apurado. ¿Para ir a dónde?

Muchas cosas que hacer. Demasiadas. Siempre.

A los veinte años, mientras estudiaba, trabajaba, tenía novia y hacía música, un día le había ocurrido un hecho que, a no ser porque le había pasado desapercibido, sería revelador.

Caminaba bajo una lluvia torrencial para no llegar tarde a su clase de la facultad, cuando vio unas personas refugiadas debajo de la marquesina de un kiosko. Eran varias, algo apretujadas, y de variadas edades. Él las miró con una mezcla de desprecio y envidia. ¿Un poco de agua las detenía? Aunque también anhelaba no vivir todo el tiempo tan exigido. Rápidamente se dio cuenta que para poder esperar a que parara de llover, era necesario tener tiempo. Algo que él, obviamente, no tenía.

En aquél momento se había dado la razón a sí mismo. Los demás eran afortunados o vagos que no hacían nada de su vida, que podían darse el lujo de perder tiempo esperando a que parara de llover. Él no. Tenía demasiadas cosas que hacer, una agenda al límite.

Más de veinte años después se dio cuenta que llevaba mucho tiempo viviendo así. Era un estilo de vida. Estilo de vida apurado. Aunque por primera vez registraba que las energías no eran infinitas, y la vida tampoco. Al igual que aquél Ferrari que había manejado, todavía podía llevar el motor a nueve mil vueltas por minuto, pero ya se sentía. No era el mismo motor que antes.

Por otra parte, que su vida fuera como estar todo el tiempo en la pista de aquél autódromo, era extenuante. Siempre a fondo, sacando el pie del acelerador en el último instante, clavando el freno, soltándolo para nuevamente acelerar. Así las rectas y las curvas. Y las vueltas. Y las carreras. Y la vida. ¿A dónde iba? ¿Para qué tan rápido? O para ser más preciso: ¿por qué tan rápido?

Algunos años atrás, había discutido el tema con su mentor. Lalo había reivindicado la pasión de Michael Schumacher, que aún habiendo ganado seis campeonatos mundiales de Fórmula Uno y siendo multimillonario, seguía corriendo. El hecho que hubiera obtenido el récord histórico -estirado después a siete campeonatos-, y que tuviera una fortuna para que varias generaciones vivieran sin necesidad de trabajar, no impedía que siguiera subiéndose a uno de esos bólidos en los que podía matarse en una curva cualquiera. Era evidente que no lo hacía por dinero ni tampoco por la gloria, que ya la tenía toda.

Para Lalo era claro que se trataba de pasión. Sin embargo, su maestro había aportado otra perspectiva. “-Tal vez sigue corriendo porque no puede parar. Simplemente no sabe vivir de otra manera. La velocidad se convirtió en un estado biológico”.

Aquella mirada había descolocado a Lalo, aunque no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente. Las compulsiones de los seres humanos nunca se entregaban con facilidad. Se dio cuenta que la velocidad en los autos le producía una sensación muy placentera, dado que el riesgo era un gran concentrador del cerebro humano. Con su mente dispersa y sin paz, encontrase a 280 km/h lo obligaba a focalizarse porque de lo contrario podía perder la vida. Y ese estado de concentración, por más paradójico que resultara, le producía paz. Paz a una mente imparable, que nunca la tenía.

Sin embargo, vivir apurado era otra cosa. Se preguntó por qué tenía tantas actividades y temas, siempre. El primer reflejo defensivo eran sus muchas obligaciones y responsabilidades. ¿Las necesitaba? Siendo honesto consigo mismo, se dio cuenta que no. Sin embargo, en algún sentido sí, ya que él pretendía llegar lejos, muy lejos. Y para eso necesitaba hacer y probar y acelerar. Como el espíritu olímpico: más alto, más fuerte, más lejos.

Un ligero pensamiento lo conmovió. Recordó cuando era adolescente y toda su vida pasaba por su pasión con la música. Más allá del colegio que había que transitar, su vida era la música. Vivía por ella y para ella. Y la calidad de ese vínculo generaba resultados increíbles. Con el devenir de los años y al diversificar apuestas fue creciendo el estrés y también se redujo la eficacia. ¿Acaso debía tratar de volver a ser como el rayo láser, que al concentrarse sólo en un punto producía resultados extraordinarios? ¿Sería posible en la mitad de la vida, con hijos chicos, padres grandes, esposa, trabajo?

Los seres humanos solían desarrollar mecanismos de negación a la altura de sus necesidades. Nada de ver realidades que amenazaran o destruyeran ilusiones. Se preguntó qué sería lo que lo impulsaba a él, para tener que estar corriendo todo el tiempo.

Una parte ya había devenido en algo biológico, automático. Si bien conocía y valoraba lo que era estar tranquilo, el sistema se aceleraba solo con facilidad. ¿Cuál sería la causa de ese cebador? La enorme exigencia de ser alguien. De aprovechar la vida. De buscar.

Le resultaba impensable que se pudiera llegar a buen puerto sin grandes esfuerzos, y tenía severas dificultades para registrar que había un tiempo para actuar, y otro para parar. Su maestro le había explicado que el problema de vivir así, cual bólido, era que ni percibía el camino. Que solo veía manchas raudas. Que manejar más despacio le permitiría gustar y ver.

Lalo, dándole la razón, le había dicho: “- la tortuga conoce más de los caminos que la liebre…” El maestro, dispuesto a clavar el bisturí bien a fondo le había contestado: “- es que las liebres también paran”, en clara alusión a algo que él estaba imposibilitado de hacer. ¿Tan difícil era parar?

Lalo se dio cuenta que si bien le fascinaba correr porque lo hacía sentir vivo, apasionado, no quería pasarse su existencia como a bordo de un Fórmula Uno. No deseaba seguir pasando todos los caminos en forma rauda, incapaz de ver y vivir el paisaje. Tampoco, seguir con esas enormes exigencias que requerían precisiones milimétricas todo el tiempo. A lo sumo, que hubiera un tiempo para eso, y otro para parar.

Parar, detenerse, le producía una sensación muy buena durante un tiempo, aunque breve. Luego, la angustia empezaba a acumularse. La de saber que él no estaba avanzando, y para peor, pensar que los demás podían estar haciéndolo.

¿Cómo cortar aquella locura?

No tenía mucha idea. Sintió que en primer lugar, debía enterarse. Bien enterado. Y que recién después, tal vez pudiera tomar la decisión de dejar algo. Aunque le produjera la sensación de pararse al lado del precipicio en el que podría caerse, debía hacerlo.

Elegir implicaba descartar, y eso siempre sería muy difícil. No querer perder nada era terminar perdiéndolo todo, o lo más valioso que uno tenía en una lista sin prioridades.

Lalo se dio cuenta que el problema que tenía enfrente era realmente grande. No cedería con facilidad. Tendría que cruzar el abismo y superar la angustia de quedarse quieto. Probablemente afloraran emociones y sentimientos negativos, tapados durante años por las altas velocidades. Pero antes que la realidad lo frenara como el muro de un autódromo, debía correr el enorme riesgo de parar.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Quo vadis?

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Adicción, Ideas equivocadas

No te cambies

La adicción venía golpeando duro. Max se sentía como un luchador que estaba en el piso y su rival, en vez de darle una tregua, seguía ensañado pegándole patadas. ¿Terminaría este calvario? ¿O acaso el único fin sería la muerte?

Su vida se había deslizado a ese infierno imperceptiblemente. ¿Cómo no había podido darse cuenta? O mejor dicho, ¿cómo no había sido capaz de frenar, al tomar consciencia de que estaba despistando? No había podido. Una fuerza imparable lo había arrastrado en esa dirección destructiva. De nada habían servido su inteligencia ni su legendaria voluntad. De nada.

Y ese era justamente el núcleo de la crisis. Darse cuenta que su voluntad no servía absolutamente para nada. O al menos, no para sacarlo de ese infierno. ¿Cómo era posible que su voluntad no lo ayudara a evitar conductas autodestructivas? Y si no servía para eso; ¿para qué servía? ¿Para apagar el despertador y levantarse de la cama? ¿Para tan poco?

La idea que sostenía que quien no había atravesado el infierno de las pasiones, no las había superado nunca lo esperanzaba. ¿Pero sería capaz de atravesarlas, o moriría en la mitad del cruce?

Tirado en su cama, Max se dio cuenta que estaba perdido. No tenía más fuerzas para seguir, ni para intentarlo de nuevo. Ya se había anoticiado que eso no servía para nada. Todos sus esfuerzos por salir habían sido en vano. Había intentado una y mil veces, y había fracasado en todos los casos. Su empeño por reencausar su vida había sido inútil.

Ya no podía hacerse el boludo porque la fe era algo que no se fingía. O se tenía o no se tenía. Y Max, lo único que realmente tenía, era la certeza de que no podía y de que ningún esfuerzo suyo podría cambiar la historia.

Sintiéndose abandonando al universo, se dispuso a leer aquél libro que había comprado tiempo atrás. Uno de los primeros capítulos era sugestivo: “cambiar o no cambiar”. Después de todo, eso era justo lo que él necesitaba, pero a su vez, lo único que no podía hacer: cambiar ¿Sería el típico decálogo de autoayuda, con indicaciones precisas de cómo resolver la vida,  omitiendo que vivir no era tan fácil como ejecutar una receta de cocina?

Aquél escritor venía a decirle, muy oportunamente, que cambiar no era posible ni deseable. Que todo esfuerzo por cambiarse lo alejaba del ser. Y eso estaba mal de raíz porque la motivación del cambio era la no aceptación de uno mismo. Las personas no aceptaban tener fallas, limitaciones, defectos, y en esa impaciencia e intolerancia, había que corregir todo a cualquier precio. ¿Algo bueno podría surgir de eso?

En palabras que a Max le resultaron revolucionarias y balsámicas, el autor proponía no cambiarse. Aceptarse. Amarse tal cual uno era. Y eso generaría las condiciones para que, si el cambio tenía que darse, ocurriera. Y el autor iba aún más lejos y describía una verdad de la que cualquier persona madura podía dar fe.

El cambio no era algo que se lograra, sino algo que sucedía. Si alguien sentía que lo estaba logrando, estaba en problemas. Eso no duraría. Como una dieta. ¿Quien no se había preguntado durante un régimen alimenticio, si ese cambio que estaba consiguiendo, duraría? Esa pregunta siempre conllevaba algo de angustia. Y esa intranquilidad anticipaba lo que la realidad enseñaría después: el cambio no duraba. O mejor dicho, no había sido un cambio. Como todas las cosas que eran sostenidas, se caían. De poco importaba si era porque quien las sostenía se acalambraba de tanto esfuerzo o por otra razón. El cambio o la transformación verdadera era aquella en la que la persona no tenía que sostener nada. Simplemente sucedía.

Recordó la provocación de un conocido terapeuta que decía que “el esfuerzo era para los constipados”. Y sí, vivir tenía que ser otra cosa. No algo que no incluyera esfuerzos, obviamente. Pero definitivamente debía existir un punto en el que la vida fuera también un fluir. No se podía estar empujando el auto todo el tiempo. ¿Acaso no había un motor?

Max se sintió aliviado. Lo que acababa de leer lo descomprimía. Le abría un mundo nuevo que de mínima, no tendría exigencias ni tensiones; nada que lograr. Por primera vez en su vida sintió que la realidad lo contenía, que no era algo que él debía sostener. Era mucho más que una sensación de alivio; era sentir paz, liberación.

Claro que esta idea exigía otra clase de templanza. Entender que el cambio no podía forzarse y que uno debía aceptarse para preparar el camino a la transformación, llevaba implícito un riesgo: que el cambio deseado pudiera no ocurrir.

Ese salto al vacío debía ser realizado sin especulaciones. Nada de pensar en aceptarse para poder cambiar. En el fondo, esa era la misma intransigencia y rechazo de siempre. La misma trampa. El punto central era aceptarse sin especulaciones ni segundas intenciones. Qué ocurriría después formaría parte del misterio de la vida. Uno no esperaba nada más. Hacía lo que tenía que hacer, aceptando  y punto. Saltando sin red.

Claro que si sólo había sido un repliegue táctico y en el fondo uno seguía intransigente esperando encontrar la forma de cambiarse, nada resultaría. Max se preguntó por qué tendría que realizar aquél salto sin red. ¿Por qué aceptarse y ceder las pretensiones sin recibir nada a cambio?

Max percibió que la vida no funcionaba así. Que en las cosas más importantes y trascendentes no había lugar a especulaciones ni intercambios. Intuyó que si saltaba sin red, recibiría a cambio algo distinto de lo que esperaba, pero muy valioso. Parar de destruirse. Integrarse a si mismo. Tener paz.

Los chinos decían que quien dormía en el piso no podía caerse de la cama. Resignarse a entregar la cama era siempre difícil. Pero también conllevaba una esperanza. La de poder empezar a vivir sin miedo a caerse, y sin tener que hacer ningún esfuerzo por mantenerse ahí.

Artículo de Juan Tonelli: No te cambies.

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No te cambies

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Adicción, Analfabetismo emocional, Fachada

Mentir o no mentir, esa es la cuestión

“-Todos tenemos una vida pública, una vida privada y una vida secreta”. La sofisticada respuesta de aquél empresario fastidió un poco a Gastón. El hecho que no quisiera participar del negocio que le acababa de proponer, no lo habilitaba a que le diera clases de moral.

Y si bien era cierto que lo que Gastón le había ofrecido era participarlo en la coima que le estaba pidiendo, le había molestado el rechazo a ser de la partida. Si hubiera aceptado, todo habría sido más fácil, pero la negativa dejó al diálogo medio golpeado.

El director accedió a pagar una parte del negocio que le estaban trayendo, pero se excusó  de participar aduciendo que él no hacía esas cosas. Gastón que conocía la promiscua vida sexual de su interlocutor, se puso áspero: “- qué curioso que estés dispuesto a defraudar a tu mujer pero no a la empresa en la que trabajás”, le disparó. “- Aunque se entiende, las represalias de uno pueden ser mucho peores que las de otro. Después de todo, en un caso solo podría costarte un divorcio, pero en el otro quien sabe si no te costaría la vida”.

El comentario de Gastón había sido muy certero porque aquél hombre de negocios trabajaba en un grupo económico cuya cabeza era un tipo reconocido como mafioso, por lo cual la pregunta acerca de si estaría dispuesto a matar a sus principales ejecutivos en caso que lo robaran, era pertinente.

Sin embargo, la reflexión acerca de la vida pública, la vida privada y la vida secreta que supuestamente todos tenían, lo dejó pensando. ¿Cuál era su propia vida secreta?

Sin lugar a dudas, pedir una coima podía serlo. Aunque en su caso no lo era del todo, porque al actuar sólo como un facilitador, él no estaba perjudicando a nadie. Si bien no le escapaba que estaba colaborando con una defraudación.

Para no perderse el negocio sin por ello sentirse culpable, Gastón lo había conversado con su novia y hasta con un religioso, encontrando un silencio aceptablemente cómplice en su compañera, y una justificación que ni a él mismo había convencido, por parte del pastor.

Los años pasaron y el tema de los secretos fue un tema que le generó infinitas preguntas e indagaciones. Un día leyó en el diario el caso de un padre que al tener un hijo con una enfermedad hereditaria tuvo que realizarse un examen genético y para su sorpresa, enterarse que él no era el progenitor. Y la situación no terminaba ahí sino que recién empezaba. Ante su duda, aquél hombre había decidido repetir la evaluación en sus otros tres hijos, desencadenando un hecho propio de una novela. No solo que ninguno de esos cuatro hijos eran suyos, sino que todos eran de padres diferentes. ¿Quién querría ir al cine o leer un libro de ficción cuando la realidad podría superarla ampliamente?

Semejante situación había desencadenado en Gastón un sinnúmero de preguntas. Pero la más importante era: ¿cómo aquella mujer podía vivir con semejante carga? ¿Acaso no le resultaba imposible vivir con tamaña mentira? Se preguntó cuál era el límite entre proteger al otro y ocultarle algo significativo.

Vino a su mente un reportaje al periodista Gay Talese, quien sostenía que uno nunca llegaba a conocer más del cuarenta por ciento de las personas, ni aún las más cercanas. Aquél escritor ítalo americano había sido testigo en carne propia de aquella teoría. Su familia había emigrado de Italia a Estados Unidos poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Durante la conflagración, él y sus familiares habían mantenido una doble vida. Socialmente fingían alegrarse porque los aliados fueran derrotando al Eje. Sin embargo, cuando llegaban a la tardecita a su casa, se desesperaban conociendo lo que estaban sufriendo todos los familiares que habían quedado allá. ¿Cuánta doble vida podía soportar el corazón humano?

La inquietud de Gastón era tratar de dilucidar cuál era el límite justo o hasta virtuoso entre hablar o callar. Estaba claro que ocultar era una cosa y mentir otra, pero sin dejar de lado que cuando las omisiones tomaban cierto volumen devenían en mentiras.

Recordó una cena con amigos, en donde una de los comensales que estaba sola, contó que ella estaba en pareja hacía quince años, y que en los últimos cinco había acordado con su cónyuge darse la libertad de salir con otras personas un par de veces por semana.

Ante la disimulada pero atónita mirada de los integrantes de la mesa y el silencio que produjo, no tuvo más remedio que contar un poco más sobre lo que versaba su experimento. “-En un momento sentí que tenía ganas de explorar otra relación y para no separarnos pero  tampoco  mentir, se lo planteé. Al principio nos costó un poco porque en el fondo ambos teníamos miedo de perdernos. Pero resultó lo contrario. Con el tiempo, no sólo nadie eligió a las otras personas que fuimos explorando, sino que nuestra pareja salió fortalecida”.

“-¿Y ahora volvieron a un esquema normal?, preguntó otra comensal que necesitaba dejar atrás aquella realidad que por su naturaleza incierta, la angustiaba. “-No; seguimos saliendo cada uno con quien quiere dos veces por semana; nos oxigena”, fue  toda la respuesta que recibió.

Los participantes de la mesa miraban sorprendidos. Aunque no se explicitara, era claro que aquél modelo despertaba más adhesión entre hombres que en mujeres. Ya en aquél momento Gastón se había preguntado si eso sería cierto, o sólo sería una sobreactuación del género femenino que aún no estaba tan liberado como creía. Tal vez las mujeres tendrían las mismas ganas de probar un esquema así, pero explicitarlo sonaba a una herejía social. Sin embargo, ¿estarían todas como aquél escritor de niño, en donde sentían una cosa y tenían que decir lo contrario?

La reflexión asociada a este planteo fue preguntarse por qué callaban las personas. Si todo podía ser más fácil, como le pasaba a esa pareja abierta. Si los secretos eran fuente de enfermedad, ¿por qué los seres humanos insistían en tenerlos?

Su hijo de siete años un día había sacudido a Gastón. Sin anestesia le había dicho: “-mentir resuelve problemas”. Su padre se había maravillado por la capacidad de abstracción de aquél pequeño. Pero no pudo preguntarse una vez más por qué no era posible decir siempre la verdad. Recordó a Kant, quien sostenía que no era cierto que las personas mentían para evitarle un problema a los demás. Eso era, irónicamente, otra mentira.

Los seres humanos mentían para evitarse un problema a sí mismos. Y ese inconveniente no era otro que tener que aguantar las manifestaciones de dolor que podía generar en el otro aquella verdad. O la posible pérdida de ciertas seguridades. Uno no mentía para cuidar al otro, sino para cuidarse a sí mismo.

Tal vez el caso más dramático que había experimentado Gastón era su propia vida. Con una familia constituida y siendo un hombre de fuertes principios, se había enamorado de otra mujer. Como indicaba el manual para aquellas situaciones y guiado por gente más experimentada, había decidido ocultarlo a su esposa mientras intentaba cortar el romance.

Con el tiempo, el vínculo prohibido no solo no había muerto, sino que había crecido y crecido. Cada esfuerzo por matarlo, solo había fortalecido esa relación que no podía ser. Y después de dos largos años, Gastón llegó a un lugar sin salida.

Desolado, fue a ver a un rabino sabio, quien le recomendó que le contara a su esposa toda la verdad. Él se mostró entre sorprendido y aliviado. Por un lado, sentía que la idea de decirle a su mujer lo que estaba pasado desde hacía ya mucho tiempo, le sacaría un enorme peso de encima. Pero a su vez, temía que hacerlo la destruyera. El rabino lo provocó: “-¿y qué vas a hacer; irte de tu hogar sin siquiera explicarle?”

Dubitativo, Gastón le respondió que dado que a su mujer no le escapaba el hecho que la pareja estaba muy mal, podría decirle que la situación no daba para más y que había tomado la decisión de separarse. Y al evitar mencionar al tercero podría facilitar la futura recuperación de su esposa. El rabino cerró la discusión con una definición inobjetable: “-todos merecen la verdad”.

Gastón ejecutó aquél consejo al pie de la letra y si bien su esposa amortiguó el mazazo, pocos meses después no tuvo más remedio que separarse. No lo hizo para irse a vivir con la otra mujer sino por la sencilla razón que  ya no era posible convivir bajo un mismo techo.

Muchos años después de aquella fatídica confesión, y ante lo lastimada que continuaba su ex esposa, Gastón se seguía preguntando si había hecho lo correcto.

Artículo de Juan Tonelli: Mentir o no mentir, esa es la cuestión.

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Adicción

El largo camino hacia la libertad

“¿- Y cómo fue la primera vez?”, preguntó el periodista.

“- Cuando tenía nueve años íbamos a un campamento en los asientos de atrás del auto, y él me dijo que le chupara la pija.” La violencia del testimonio estremeció a Claudio.

¿Cómo era posible que alguien pudiera poner en palabras tan claras semejante dolor?

Manuel, el entrevistado, era ahora un hombre de unos cincuenta que había sido abusado sexualmente muchas veces entre sus nueve y doce años. Claudio tenía la cabeza partida. Y no solo por la atrocidad en sí del abuso sexual, sino por la naturalidad con que la víctima había hablado de ese drama. No hizo falta preguntarse si en una situación parecida él sería capaz de hacer lo mismo. No había ninguna chance. Aunque hubiera crecido mucho y ya estuviera dispuesto a no darle tanta importancia a cómo lo veían los demás, resultaba imposible imaginarse a sí mismo poniéndole palabras a semejante dolor.

No era un tema de orgullo, de no querer mostrar defectos, o de tener miedo al ridículo. Los típicos problemas humanos de no querer exponerse a ser como una era, no aplicaban a este caso extremo. No se trataba de preservar la imagen de perfección que toda persona intenta proyectar de sí mismo. Esto era mucho más profundo que la timidez o la auto exigencia.

Algunos dolores eran tan grandes que no podían ser verbalizados. Como si estuvieran confinados dentro de uno, en las murallas que la cicatrización generaba. Y resultaba muy paradójico ya que ese mecanismo adaptativo para sobrevivir, podía ser el que impidiera la cura definitiva, perpetuando un sistema cerrado que nunca podría abrirse y sanar.

Mientras miraba aquél reportaje conmovedor, una pregunta volvía una y otra vez sobre el corazón de Claudio. ¿Cómo era posible que la víctima pudiera poder en palabras semejante dolor? ¿No tenía miedo? ¿Vergüenza? ¿Pudor? ¿Vértigo? ¿Pánico?

En la medida que la entrevista avanzaba, Claudio fue encontrando la respuesta. Los abusos sexuales habían ocurrido hacía treinta y cinco años. Pero ese no era el tema central que posibilitaba aquellas palabras redentoras. Lo que parecía explicarlo todo era que Manuel había estado treinta años sin poder hablarlo. Tres décadas con un dolor enorme encerrado en ese espíritu. Desvincular ese lapso, de la madurez con que era capaz de expresarlo ahora, era imposible.

Pensar en eso le disparó a Claudio otra pregunta. ¿Cómo habría hecho Manuel para vivir treinta años con semejante secreto, semejante dolor? Si no había podido hablar de esto con nadie; ¿de qué había hablado? De nada, evidentemente. Esa sorprendente capacidad de los seres humanos de callar lo único que necesitaban hablar. De cargar  la angustia y el dolor en silencio y soledad, retroalimentando un  aislamiento desolador.

Muchos de los mejores años de su vida, de los doce a los cuarenta y dos, habrían transcurrido con semejante secreto. Treinta años de los que Thoreau describiría como los de la mayoría de la gente:  una vida de callada desesperación.

¿Esa sería la historia de cualquier ser humano? ¿Treinta o cuarenta años sobrellevando una situación desgarradora, caminando un largo, larguísimo camino personal hacia la libertad? Y si bien estaba claro que no era lo mismo la historia de Manuel o de Mandela que la de la mayoría de los mortales, no era menos cierto que usualmente llevaba décadas poder atravesar ciertos dolores, encontrar el sentido, dejar atrás todo lo que los ataba y maniataba.

Y en donde la libertad, no era un destino sino más bien una dirección. Y eso es lo que  apenas podían decidir los seres humanos. Elegirla como un norte al cual moverse, más que un lugar al que llegar.

Claudio prestó atención al testimonio. Era sobrecogedor escuchar a una víctima que pudiera hablar con tanta claridad y con esa especie de distancia emocional. Como si le hubiera pasado a otro. Este hecho lo perturbaba, porque tomaba consciencia de que él nunca podría ponerle palabras como lo estaba haciendo Manuel. ¿Qué sería lo que lo posibilitaba? ¿El paso del tiempo? ¿La acumulación del dolor cristalizado? ¿Y cuál sería el catalizador del cambio? ¿El hartazgo del sufrimiento? ¿La búsqueda de la libertad? ¿Las ganas de vivir?

No tenía respuestas ciertas a tantas preguntas, aunque seguramente hubiera un poco de verdad en todas ellas.

Si ser adicto era no poder decir, ser capaz de ponerle palabras a los dramas, de expresar lo que nos hería en lo más profundo, era empezar a sanar. 

Pensó en lo increíble de la vida humana. Capaz de conocer los abismos más oscuros y adaptarse a ellos, como si fueran normales. Pero aún en esas profundidades que solían durar décadas, siempre había algo en el alma humana que ponía en marcha el largo camino hacia la libertad.

Como una voz interior que nunca podía ser acallada del todo. Que maduraba durante largos períodos en los que parecía no haber avances. Soportaba todo y nunca se daba por vencida. Y en su momento y bajo determinadas circunstancias, decidía dejar la clandestinidad de una vida escindida para tomar la determinación de ponerse en marcha e integrar la existencia.

Ese camino era irreversible, sanador y vital. Era el regreso a casa, el regreso a uno mismo.

Artículo de Juan Tonelli: El largo camino hacia la libertad.

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