Ego

Ego, Ideas equivocadas

Juntos y aisladosFeatured

¿Cómo estás con tu marido?, quiso saber el Maestro. -Todo sigue igual, -fue la resignada respuesta de la discípula.
– O sea que bastante mal. -En cierto sentido sí, -dijo tratando de suavizar la situación.
-A mi me gusta contenerlo, acompañarlo… El tema es que ese es el único modo de vida…, -dijo la mujer suspirando.
-No llega a registrar que tenés sentimientos, problemas, cansancios, sueños, dilemas…

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Ego, Ideas equivocadas, Incertidumbre

Juntos y aislados

-¿Cómo estás con tu marido?, quiso saber el Maestro.

-Todo sigue igual, -fue la resignada respuesta de la discípula.

– O sea que bastante mal.

-En cierto sentido sí, -dijo tratando de suavizar la situación.

-Sigue ocupando todo el espacio emocional o existencial…

-¿Todo gira en torno a su vida, a sus problemas, y no hay lugar para otro ser?

-A mi me gusta contenerlo, acompañarlo… El tema es que ese es el único modo de vida…, -dijo la mujer suspirando.

-No llega a registrar que tenés sentimientos, problemas, cansancios, sueños, dilemas…

-La verdad que no.

-Tenés que poder decírselo.

-¿Para qué? ¿Para que en dos segundos me esté explicando que estoy equivocada, y que rompo las bolas?

-¿Pensás seguir viviendo así? ¿Estás preparada para no contar con tu pareja, y sobre todo, no poder encontrarte con ella?

El silencio invadía la habitación.

-¿Pensás que la situación se debe al año difícil por la fusión de la empresa en la que trabaja tu marido, o es algo más estructural, preexistente?

La falta de respuesta era bastante elocuente. Con los ojos humedecidos, dijo:

-A esta altura no puedo negar que el tema es mucho más complejo que la difícil coyuntura que atraviesa. Siempre hay una urgencia, una demanda excepcional, algo que atender. Su vida ocupa el lugar de la suya, la mía, la de los dos. Todo lo invade y no permite otra cosa más que un esquema básico de supervivencia. Nada de molestarlo ni de hablar de algo que no sea su propia vida.

-¿Y estás preparada para seguir así toda la vida, sin esperar nada de él? ¿A auto abastecerte emocionalmente?

-No lo sé. Claro que no es lo que me gustaría.

-Él no va a cambiar, -dijo el Maestro yendo a fondo. -O al menos, no por la fuerza o ni por tus planteos.

Muchas emociones corrían por el corazón de la mujer. Tristeza, al percibir que su ilusión de encontrarse con su marido, era básicamente eso: una ilusión. Frustración, al no poder cambiar una realidad tan difícil y amarga. Ira, al tomar conciencia que era ignorada, ya que él no tenía ninguna capacidad para registrarla. Dolor, al ser invisible a los ojos de la persona amada, como ya le había ocurrido en la infancia.

-¿Y entonces?, -preguntó casi en tono de súplica.

-Aunque seguramente no escuche, juntá fuerzas y hablá con él. Después, con tranquilidad, reflexioná si querés seguir viviendo así, porque lo más probable es que no cambie.

-¿Qué es lo que tendría que decirle?

-Lo que estamos hablando; que tenés sentimientos, problemas. Que has aprendido auto abastecerte emocionalmente y a no esperar una compañía que él no te puede dar, pero que no sabés si querés vivir toda tu vida así. Que él está tan absorto en sí mismo que no hay lugar para un otro.

-Eso y decirle que me quiero separar es casi lo mismo.

-No. Estás hablando de un problema bien difícil, en forma madura y clara.

-Así no le veo salida.

-Te diría que es exactamente al revés. Así tal vez tengas una salida. De la otra forma, seguro que no la hay. Aún cuando existan pocas probabilidades que las cosas cambien, vos estarás haciendo lo correcto, sin especulaciones.

-La verdad que tus palabras calan hondo.

-¿Por qué?

-Porque si no lo formulabas con semejante claridad y crudeza no lo sentía tanto. Dolía menos. Ahora me siento fatal. Sola, de soledad absoluta.

-Antes también te sentías igual, solo que no lo tenías tan consciente. Como una hemorragia interna: era igual o más grave.

Después de unos minutos en silencio, el Maestro preguntó:

-¿Qué pensás?

-El problema lo tengo, y es bien real. Pero me preguntaba si quiero llamar la atención para que él despierte, o si estaré dispuesta a separarme. De lo contrario, tendré que aceptar este asunto y sobrellevarlo.

El Maestro sonrió.

-Es un típico dilema humano. Anhelamos que con un ultimátum las cosas se acomoden a nuestra medida. Aún cuando en este caso tu reclamo es justo, en mi experiencia la gente no cambia y mucho menos bajo coerción. Mi recomendación es que plantees el tema, porque vos tenés el derecho a expresarlo y él a saberlo. Después evaluá tranquila, sabiendo que es improbable que cambie. Las estructuras mentales de las personas no se modifican por una charla, por más fuerte que ésta sea.

-Qué tristeza… Me siento como en el Huerto de los Olivos, o sea en la antesala de algo muy doloroso que a su vez, es inevitable.

-Tal vez te reconforte saber que no enfrentar los problemas termina siendo mucho más doloroso…

-Honestamente no me reconforta nada. Siento una tristeza muy profunda. Pienso también en él y en su propia soledad…

-Que debe ser enorme, -acotó el Maestro. -Si no puede encontrarse con vos; ¿con quién se va a encontrar? Salvo que tenga una vida paralela, pero no parece ser el caso.

La conversación era tan intensa que largas pausas se imponían para recuperarse.

-Aunque podría ser, lo veo difícil.

-¿Por qué?

-No veo difícil que tenga amantes; es mas, creo que es casi seguro. Lo que me parece improbable es una relación paralela; pero ¿quién sabe?

-¿No te molesta que pudiera tener amantes?

-Es que me parece secundario a lo que estoy planteando. Lo que me duele es que no exista espacio para que yo también me pueda abrir. Lo ocupa todo él y su vida. En ese contexto, que descargue tensiones y orgasmos en otro lado me resulta mucho menos importante.

-Entiendo….

-También me duele mucho el hecho que él sea el único que no ve su egocentrismo. Que sea un tema tabú que ven sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus familiares, y solo él no puede ver.

-¿O sea que te gustaría dejarlo para que todos, en voz baja, se compadezcan de vos?

Ella acusó el golpe. Aunque no se había dado cuenta, también sentía esa emoción. Después de todo, era una forma de grito desesperado para que alguien la registrara.

El Maestro, percibiendo aquellos sentimientos, se anticipó.

-El tema es que sería una victoria pírrica. Mas que tener razón, tu mejor resultado es poder encontrarte con él. No te sirve de mucho dejar en evidencia que el imposible de convivir es él…

-Totalmente, -dijo la discípula con pena.

-¿Tenés miedo?

-¿Cómo no tenerlo?, -se sinceró ella. -Si me separo, toda mi vida va a sentir el golpazo. Las relaciones, amistades, y por supuesto, el estilo de vida.

-¿Te preocupa mucho?

-Como toda cosa que uno no puede terminar de cuantificar. Es una incertidumbre muy grande.

-¿Tenés ganas de separarte?

-No lo sé. A cierta edad de la vida, uno aprende que no hay relaciones perfectas, ni mucho menos. Por lo cual, separarse para encontrar una mejor es siempre un dilema complejo porque si no estás bien seguro que tu pareja es mala, podés estar dejando algo razonable por algo que no vas a conseguir.

-El punto pasa por ser capaces de discernir si con lo que tenés podés estar contento, o sino. Y si llegás a la conclusión que no es posible porque está por debajo de un límite que considerás mínimo, es mejor correr el riesgo de separarse, aún sabiendo que puedas quedarte sola.

-Así lo siento.

El dolor y el cansancio invadían la cara de la discípula.

-Hablá con tu marido y explicale lo que te pasa. Cómo seguirá la película después, nadie lo sabe. Si no cambia nada, verás si aceptás vivir así, o si buscás otro camino. Paso a paso. Hacé lo que tenés que hacer, y dejá que la vida haga su parte, que por cierto, siempre es muchísimo más grande que la nuestra.

El Maestro le agarró con ternura la mano y le dijo:

-No pretendas contestar las preguntas fundamentales. Soltalas. Dejáselas a la vida que si las entregás, te irá enseñando. Cuando queremos respondernos desde lo que conocemos, solo obtenemos respuestas del pasado que no se renuevan y nos mantienen atrapados a la creencia de que estamos solos y separados. Escuchá a la vida. No todo pasa por nuestra cabeza. Afortunadamente, diría, -dijo guiñándole un ojo.
Artículo de Juan Tonelli: Juntos y aislados.

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Adversidad, Ego, Sufrimiento

Paraísos perdidos

El partido que acababa de perder no era uno más.

Aunque no fuera la final del mundial ni la de su propio país, aquella derrota en ese aparentemente insignificante entrenamiento, le atravesó el alma.

Julio era el campeón nacional. Una joven promesa que precozmente había llegado a la cima de su deporte. A partir de ahí, muchas cosas habían cambiado. En especial, la presión por mantenerse arriba de todo.

Le resultaba una carga extraordinaria saber que todos estaban esperando que perdiera. Como el equilibrista, al que todos quieren ver caer.  Llegar sano y salvo a la otra orilla del abismo no entusiasma a nadie.

Julio sentía que ganando no conmovía ni a sus seguidores. Era su obligación. En cambio, si perdía, era una gran decepción nacional. Todo agravado por un buen número de rivales talentosos y entrenados que tenían por único objetivo destruirlo.

Intentando aligerar aquella mochila de cien kilos, fantaseaba con seguir siendo el número uno, pero perdiendo algunos partidos de vez en cuando. Era un pensamiento atípico para el poder, que una vez que accede al trono no quiere cederlo por nada del mundo. Sin embargo, para su mente, esas derrotas eventuales eran válvulas de escape que liberaban algo de toda la presión que experimentaba.

Así pasaron algunos años, siendo el mejor jugador del país aunque a veces perdiera. Esas derrotas funcionaban como un aviso a la sociedad de que él no era tan perfecto y podía perder. Como un ruego para que no lo presionaran tanto.

Silenciosamente, empezó a irrumpir una joven promesa con un juego arrollador.

Julio  percibía la amenaza, pero al igual que cualquier humano, negaba para seguir viviendo.

Cada vez que derrotaba a aquél adolescente, se engañaba a sí mismo sintiendo que reafirmaba su liderazgo, y que él seguía siendo el rey.

Con el correr del tiempo, los partidos se hicieron cada vez más parejos. Las últimas victorias de Julio habían sido más holgadas de lo que debían ser, básicamente porque su rival sentía culpa de desafiar al ídolo. Pero no hacía falta ser un visionario para comprender que el reinado de Julio tenía los días contados.

Evitando confrontar con la verdad, Julio hacía como la zorra y las uvas. En diversos entrenamientos mostraba desinterés en imponerse cuando en realidad no estaba siendo capaz de ganar.

Pero llegó el día en donde la confrontación real fue inevitable. No tenía excusas, y la zorra de la fábula no podía seguir actuando. Puso todo de sí, y no alcanzó.

Sentados al borde de la cancha, él, su verdugo y los ocasionales observadores hicieron como si nada hubiera pasado. Pero todos sabían, y en especial los protagonistas. Un nuevo reinado acababa de emerger. No había sido tan rutilante como si hubiera sido en la final del campeonato nacional, pero era igual de inapelable.

El tiempo de la declinación inevitable, que había comenzado pocos años atrás, se había terminado. Ahora vendría otra declinación, mucho más acelerada, a la sombra de un nuevo astro.

La sensación de abismo que experimentaba Julio al sentir que el foco se había desplazado hacia este joven, era desoladora. ¿Sería similar a lo que sentían los primogénitos cuando nacía un hermano? Seguramente, aunque resultara difícil que esa vivencia tan dolorosa pudiera ser puesta en palabras por niños de escasos dos años de edad.

De hecho, algo primitivo, casi atávico se jugaba en el corazón de Julio. No había ningún deja vu ya que el no había sido primogénito. No es que fuera una vieja herida que volvía a abrirse, sino que era algo nuevo. Una experiencia inédita.

Como segundo y último hijo, no había tenido una vivencia así. Por el contrario, había pasado su vida tratando de ir desde la periferia en la que se encontraba, al centro de la escena. De ser un actor de reparto, a ser el principal.

Y resultaba que ahora, después de unos pocos y angustiantes años de lograr su cometido y tener el foco sobre sí mismo, era expulsado del paraíso nuevamente. Con lo que le había costado lograrlo.

Tratar de poner en palabras sus sentimientos resultaba imposible. La mente, y mucho menos el habla, eran totalmente incapaces de seguirle el ritmo a un corazón que producía millones de emociones y sentimientos encontrados.

Veinticinco años después, Julio podía ver todo aquél proceso con perspectiva. Lo que su corazón había sentido era un desgarro, una muerte en vida. Como si un médico le hubiera notificado que le quedaban pocos meses antes de morirse. En realidad, como si le hubieran informado que estaba muerto.

Fue inevitable preguntarse como podía asimilar la pérdida de su primacía a la muerte. Casi instantáneamente encontró explicaciones varias. Recordó un proceso político del que había formado parte. Siempre le llamaba la atención el ascenso del líder. Poco antes que se convirtiera en presidente, a Julio le resultaba obvio que alguien así no tenía ninguna posibilidad de mantenerse sano y ecuánime.

¿Cómo rehabilitarse de la adicción que producía entrar a un estadio y que diez mil personas enloquecieran gritando su nombre? ¿Cómo ser alguien normal si al ingresar en cualquier ámbito generaba un silencio en reverencia a su autoridad?

Más allá de lo que solía criticarse al efecto alfombra roja, todo ser humano era un adicto -potencial o consumado- a la admiración de los demás. ¿Quién no deseaba despertar esos sentimientos en el otro?

En el fondo, se trataba del proverbial anhelo humano de querer ser importante. Fuera porque lo habían sido en la infancia, o porque no lo habían sido, todas las personas deseaban ser reconocidas, queridas, admiradas. Algunas, a niveles patológicos. Otras, en cambio, no llegaban a ser líderes o estrellas de rock. Pero no por eso les resultaba indiferente ser miradas y apreciadas por los demás.

Así las cosas, era fácil de comprender por qué los líderes políticos solían aferrarse al poder a cualquier precio. O los artistas, o deportistas, que negando su declinación se exponían al ridículo.

Si dejar el centro de la escena era vivido como una muerte; ¿quién estaría en condiciones de aceptarlo pacíficamente? En el fondo, se trataba del poderoso instinto de supervivencia. De poco importaba que no fuera una supervivencia física sino emocional. La sensación de muerte era igual, aunque el corazón siguiera latiendo y los pulmones respirando.

Con más de dos décadas de distancia, era fácil comprobar que él no se había muerto. Estaba más vivo que nunca. Tal vez con algo menos de vigor físico, pero seguramente con más vitalidad. Después de todo, la vitalidad estaba mucho más relacionada al espíritu que al cuerpo.

Julio recordó otros procesos similares. El del deporte había sido muy complejo, seguramente por ser el primero. El primer crimen siempre resultaba el más difícil.

Vinieron a su mente leyendas del boxeo que, negando su declinación, habían sufrido golpizas tremendas. Lo que no habían podido aceptar por las buenas, la realidad se los había impuesto por las malas. O artistas mayores que se tornaban ridículas en sus infructuosos esfuerzos por mantenerse jóvenes cuando hacía rato que estaban para jugar con sus nietos.

Reflexionó en la locura que solía generar el poder y el daño que los líderes políticos generaban a sus pueblos en sus desesperados intentos por aferrarse a su cargo. ¿Cómo no comprenderlos, por más monstruosos que fueran? Muy por debajo de aquella brutalidad seguramente habría un niño muy herido.

Recordó a Borges y su célebre frase de que los únicos paraísos existentes eran los paraísos perdidos. ¿Por qué el ser humano tenía tantas dificultades en enterarse de que estaba en el paraíso antes de ser expulsado? ¿O acaso los paraísos nunca existían y solo eran un proceso en donde la mente idealizaba un pasado que en realidad no había sido tan bueno?

Aunque ya hubiera transcurrido buena parte de su vida, intentó vacunarse contra situaciones similares que pudiera tener en el futuro. Fue plenamente consciente de que aunque entendiera bien que la admiración de masas era superficial y volátil, siempre sería apetecible para la mente humana. El corazón sabía perfectamente que aún en el medio del supuesto calor popular, podía estar muriéndose de frío y soledad. El alimento verdadero pasaba por otro lugar.

Julio registró que era difícil no intentar aferrarse a ese salvavidas que aunque ficticio, parecía ser el único con que contaba. Tal vez la estrategia fuera desarrollar afectos verdaderos para estar menos vulnerable a esas sustancias tan adictivas.

Repasó lo que siguió a su paraíso perdido en el deporte. Durante algunos años más continuó jugando y siendo una figura, aunque él lo había vivido muy mal. En su cabeza -¿o en su corazón?-, solo había lugar para ser el primero, por lo cual ser el segundo o el cuarto era parte de ese estado de muerte en vida.

En ese estado siguió jugando algunos años. Más por su dificultad en soltar algo que todavía le resultaba identitario, que porque lo disfrutara. Se preguntó si podría haber disfrutado el juego mientras era el subcampeón o el cuarto del ranking, o si ya estaría todo perdido. Racionalmente parecía obvio que pudiera seguir gozando del deporte aunque no fuera el mejor.

Tal vez ahí había un aprendizaje para el futuro. Ser capaz de seguir aunque la realidad no fuera la que uno deseaba. Y especialmente, estar contento con la realidad tal como era. ¿O acaso debía ser siempre impecable? Casi con vergüenza asumió que cuando era el número uno la realidad tampoco era perfecta. Vivía muerto de miedo de perder su liderazgo. Poder disfrutar de lo que hacía más allá que no lograra el exigente resultado deseado, parecía ser una buena consigna.

Volvió a imaginar al niño que había sido. Se supo amado, el favorito, pero nunca el reconocido, el importante. Ese lugar era reservado para su hermano. Ráfagas de imágenes pasaban por su mente recordándole que había pasado toda su vida tratando de obtener ese reconocimiento que no había tenido en su infancia.

Resultaba muy irónico que habiendo tenido amor pero carecido de reconocimiento, peleara tanto por algo que, en alguna medida, era un pobre sustituto. Así era el corazón humano.

También le resultaba paradojal que a esta edad, y habiendo experimentado en carne propia que el reconocimiento no solo no justificaba todos los enormes esfuerzos que solía demandar, sino que tampoco brindaba lo que prometía, Julio siguiera buscándolo.

Agazapado, en su sombra más íntima, seguía trabajando para ser alguien muy reconocido. ¿Se pasaría la vida así, como Sísifo, subiendo una colina con un enorme peso para que al llegar a la cima tuviera que volver a empezar? ¿No habría alguna planicie más razonable en la cual quedarse y caminar?

Julio sabía que aquél lugar plano y estable existía. Solo requería la determinación de dejar atrás su enorme carencia que lo impulsaba a buscar reconocimiento.

Con honestidad no encontró forma de hacerlo. O sea, entendía perfectamente el problema, pero se sabía incapaz de torcer el rumbo un mísero grado. ¿Qué tendría que pasar en su vida para que aprendiera? ¿Un accidente? ¿Más pérdidas? ¿O seguiría toda la vida así, inconmovible a las realidades que se le iban presentando en forma implacable?

Julio se sintió preso de sus carencias. Podía verlas, comprenderlas, pero era incapaz de evitar que lo siguieran condicionando. Como alguien que en una cárcel ve, toca y fuerza los barrotes de la celda, pero no puede hacer nada concreto para salir de ella.

Después de un rato largo de reflexionar, sus pensamientos se fueron aquietando. Sentía paz. Al igual que un preso, sabía que no podía salir. Que era bien difícil, y que tal vez nunca pudiera hacerlo.

Lo que sí podía hacer era estudiar la naturaleza de su celda. Y amarla. Tal vez llegara el día en que pudiera salir, y tal vez eso no ocurriera nunca.

Fuera que sus carencias lo hubieran condenado a cadena perpetua, o que finalmente algún día se convirtiera en un hombre libre, decidió hacer lo único que estaba al alcance de su mano: transitar su camino con amor.

Artículo de Juan Tonelli: Paraísos perdidos.

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Ego, Ideas equivocadas, Vocación

¿Qué vine a hacer a esta vida?

Que vinimos a hacer a esta vida es una de las preguntas centrales. Hasta que no lo sepamos, será difícil tener plenitud. Descubrir para qué estamos en este mundo suele ser una tarea que lleva muchos años. A algunas pocas personas se les revela en la infancia (artistas, deportistas, y otros), pero la mayoría tenemos que recorrer un largo camino lleno de pequeñas pistas. Para peor, como estamos lleno de mandatos y carencias, solemos ignorar esas señales que nos llevarían a nuestra vocación. Pero no hay que desanimarse, es algo que con el tiempo se va haciendo evidente. El punto clave es que cuando uno es consciente de esas señales, de que nuestra vida debiera pasar por ahí, no las desatendamos. Y mientras, hacernos la pregunta “qué vine a hacer a esta vida?” y esperar la respuesta. No tratar de llenarla con la palabras e ideas, sino escuchar qué surge de nuestro interior.


-La verdad es que no tengo claro cuál es mi misión en la vida.

-Averiguarlo lleva mucho tiempo, y la necesidad de dejar de lado muchas ideas falsas que tenemos, -dijo el Maestro.

-Envidio a esos artistas y personas que de chicos ya sabían lo que querían hacer de su vida.

-Las comparaciones suelen destruirnos. Siempre habrá personas a las que le fue mejor. Por otra parte, preguntarse acerca de nuestra misión no es la pregunta más importante…

-¿Y cuál sería?

-Quién soy yo…

Ante la cara de contrariedad del discípulo, el Maestro continuó.

-Saber quiénes somos nos permite conocer nuestra identidad e ir ajustando las velas a los vientos que soplan en nuestra vida. Contrario a lo que se dice hoy en día, la identidad no es algo a construir, sino algo que tenemos. En todo caso, hay que descubrirla, sacar las cosas que la obstruyen y poder ser cada vez más nosotros mismos.

-Resulta irónico que averiguar quién es uno lleve tanto tiempo.

-Nada irónico; es bien realista. Creer lo contrario es otra de nuestras ideas falsas. Nuestro interior es tan rico, vasto e inconmensurable como un océano. Pero nosotros insistimos que sea una piscina con determinadas características …

-¿Y no resulta…?, -preguntó el discípulo entre risas.

-Hay un cuento oriental en el que una persona encuentra un halcón y piensa que era una paloma.  Como la encuentra “desprolija” le corta las alas, las garras, el pico, y después  se alegra de haberla ayudado a que fuera una paloma hecha y derecha.

-Tremendo…

-Es un poco la historia de nuestras vidas. Nos mutilamos para ser lo que creemos que debemos ser.

-¿Un poco fuerte la palabra mutilar, no?

-¿Acaso vos no lo hiciste con tu propia vida? ¿No trataste por todos los medios de convertirte en algo que no eras, sin siquiera medir las consecuencias de lo que estabas rechazando y amputando de vos mismo?

El discípulo permanecía en silencio.

-Pero no hay que obsesionarse; mutilarnos para intentar convertirnos en quienes creemos que debemos ser para lograr la felicidad, es parte del camino que todos transitamos. Son como materias obligatorias que debemos cursar en la universidad de la vida.

-Así y todo, sigo sin tener pistas claras acerca de para qué estoy en este mundo.

-Y sí; para poder ver tenés que desobstruir tu mirada.

-¿De qué?, -quiso saber el discípulo algo impaciente.

-De muchas ideas falsas que tenemos. Entre ellas, que nuestra misión debe ser extraordinaria…

-¿Y eso está mal?

-Hace mal… Perdemos mucho tiempo buscando la misión extraordinaria. Como nos sentimos tan importantes, estamos convencidos de que nuestra misión debe ser algo grandioso, casi épico.

El discípulo sonrió.

-El problema es que con esta actitud descartamos caminos que podrían ser propios, por la simple razón de que no son impresionantes. Con el riesgo de pasarnos la vida desechando buenas oportunidades ya que nada nos conmueve. O peor todavía, inventando causas que si bien pueden resultar impresionantes, no son propias. Eso es débil y nunca resulta. Las causas surgen del corazón, nunca de nuestra mente.

Cada palabra del Maestro golpeaba duro al discípulo. Parecían dichas a su medida.

-¿Y cómo podría salir de este lugar y empezar a reconocer las pistas que me ayuden a conocerme y encontrar mi misión en esta vida?

-Podés preguntarte cuáles son tus dones. O también, ver qué querías ser cuando eras niño..

-Quería ser un obrero de la construcción, -dijo el discípulo con algo de vergüenza.

-¿Y por qué no lo fuiste?

El discípulo suspiró.

-Obviamente no era un plan de vida para alguien de mi familia. Nunca fuimos ricos, pero siendo de clase media, mis padres y abuelos aspiraban a que fuera a la universidad y me convirtiera en un profesional destacado. Ser un modesto obrero no era opción. De hecho, de muy pequeño tuve algunos desencuentros por este tema con mi abuela…

-¿Cómo fueron?

-Frente a la inevitable pregunta acerca de qué querría ser cuando fuera grande, yo contestaba que sería constructor. Con cuatro o cinco años de edad, no sabía que lo que a mí me gustaba se llamaba obrero de la construcción. Mi abuela lo escuchaba y como ni siquiera toleraba la palabra constructor, reformulaba mi respuesta diciendo que yo quería ser ingeniero, algo que se adecuaría a las ideas que ella tenía para mí.

-No había mucho margen para que expresaras lo que sentías, ni eligieras lo que querías…, -dijo el Maestro entre risas.

-Ningún margen.

-¿Y vos cómo vivías ese desencuentro con tu abuela?

-Sentía que hablábamos idiomas diferentes. Cuando fui comprendiendo qué es lo que era un ingeniero, me di cuenta que no quería hacer eso. Nada de planos, cálculos u otras tareas ingenieriles.

-¿Y por qué te atraía ser obrero?

-Cuando salía del jardín de infantes al mediodía, me encantaba verlos sentados en la vereda, preparando un asado sobre la calle, compartiendo un clima de fraternidad con comida rica.

-Pero eso no parece tener mucho que ver con una vocación…  Pareciera que lo que te gustaba era el encuentro entre personas.

-¿Y te parece poco?

-No…pero contame más…

-No lo sé, quería vivir eso.

-¿Y por qué decís que hablaban idiomas diferentes con tu abuela?

-Porque trataba de ponerle palabras a lo que yo era incapaz de expresar, pero diciendo lo que ella quería de mí, y no lo que a mi me interesaba.

-Mirá… Pienso que en tu anhelo de encuentro con otras personas hay información muy importante sobre tu vocación.

El discípulo quedó pensativo.

-¿Qué otras pistas significativas reconocés en tu vida? Algún hilo conductor, circunstancias que se hayan repetido, sucesos que en su momento parecieran inconexos pero que mirando para atrás tengan un sentido?

-Probablemente la idea de pertenecer.

-¿A una elite?

-No,  algo más amplio. Como si buena parte de mi vida me hubiera sentido exiliado, alguien ajeno. Y por más esfuerzos de mimetización que hacía, siempre sentía una sensación dual.

-¿Querés contármela?

-Por un lado, la alegría de percibir que gracias a mis esfuerzos conseguía integrarme. Sin embargo, en el fondo de mi corazón sabía que era distinto a las otras personas que formaban esos grupos.

-O sea que podías fingir una identidad que confundiera a los demás llevándolos a creer que vos eras uno más del grupo, pero en el fondo de tu ser sabías que no eras uno de ellos.

-Exacto.

-Eso es terrible… Por un lado, porque te aislaba aún más. A su vez, te imponía la obligación de esforzarte permanentemente para ser aceptado. Para tratar de ser algo que no eras.

Al discípulo se le humedecieron los ojos.

-¿Encontraste alguna salida a esa situación?

-La vida me expuso a una pseudo solución.

-¿Cuál?

-Ya que en el fondo no podía ser uno más del grupo, al menos pude convertirme en alguien destacado. Con eso lograba el respeto que produce el éxito.

-Pero seguías igual de solo, -dijo el Maestro clavando a fondo el bisturí.

-Sí, -balbuceó el discípulo emocionado.

-¿Cuándo pudiste ver que ser exitoso tampoco resolvía el problema estructural de tu vida?

-En la derrota. Muchos de los que consideraba amigos, se fueron apenas perdí. Me di cuenta lo engañoso que podía ser todo. Lo que creía que era una solución, solo tapaba las cosas…

-Y te imponía la exigencia de tener que sostener tu identidad a fuerza de resultados. Agotador…

El discípulo se sentía atrapado por su historia de vida. El Maestro, percibiéndolo, le dijo:

-No es para amargarse. Tu historia es la historia de tantos. La vida es el camino del desengaño, y con dolor aprendemos a dejar atrás nuestras falsas ideas. El punto central es que averigües quien sos vos. De ahí se desprende todo lo demás, incluyendo nuestra misión.

-¿Y cómo hago?, -insistió el discípulo casi con un ruego.

-Reconociendo tus dones, tus heridas, mirando tu pasado y registrando todos esos puntos que parecían inconexos pero encuentran un sentido. Viendo con qué cosas vibra tu ser y por cuáles se enferma.

-Todo un trabajo…

-Un filósofo y teólogo italiano decía que Dios pronuncia sobre cada persona una palabra única, una suerte de contraseña. Si nos hacemos la pregunta suficientes veces  y escuchamos lo que surge de nuestro interior, llegaremos a nuestra misión.

-¿Y vos para qué estás en este mundo?

-Para ayudar a otras personas a que se den cuenta que no están tan solas. Que comprendan que tienen problemas no porque sean estúpidas o desafortunadas, sino porque son seres humanos. Y que entiendan que eso que tanto les angustia y tan desdichados los hace sentir, nos pasa a todos. Los problemas de los hombres son pocos y siempre los mismos.

El discípulo sonrió agradecido, le apretó fuerte la mano, se paró y se fue.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Qué vine a hacer a esta vida?

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Analfabetismo emocional, Ego, Exigencia

¿Estoy desperdiciando mi vida?

Tan pronto se puso el lápiz contra las costillas, debajo de su lola izquierda, comprobó lo peor. Efectivamente sus pechos ya eran víctimas de la ley de la gravedad, e involuntariamente sostenían al lápiz impidiendo que cayera. La decadencia ya había llegado.

María confiaba en que el lápiz no se caería; que el pliego de su lola, no lo sostendría. Pero evidentemente, matarse en el gimnasio no alcanzaba y los más de cuarenta se hacían notar. Nada que no supiera, pero una cosa era intuirlo haciéndose la distraída, y otra muy distinta era verificarlo.

Dispuesta a abrir las puertas del infierno,  fue a su vestidor, se desvistió, y tomó un espejo de mano. Ayudada por ambos espejos miró su cola, sus piernas, su espalda. Casi se muere.

Su frente no dejaba tan crueles evidencias como su dorso. Más allá de la inevitable celulitis y algunos moderados depósitos de grasa localizada, le resultó devastador observar su cuerpo envejecido. No tenía la cola caída de una abuela, ni tampoco la cintura de una mujer post menopáusica. Así y todo, tejidos flojos, pozos, y una musculatura decreciente le mostraron brutalmente su realidad.

Se vistió rápido como si quisiera borrar del mapa todo lo que acababa de ver. Tal como había hecho con su ex marido que era un infiel serial, María prefería no saber. Aunque cuando hacía como que no sabía, sabía. Para peor, después la realidad llegaba toda junta.

Fue a la cocina a tomarse un trago para aflojar la cantidad de emociones que era incapaz de procesar. Mientras se servía un merlot, pensó que esa copa tenía más calorías que se sumarían al deterioro que acababa de ver. Siguió adelante, asumiendo que aquel no era un momento para tomar agua mineral.

Con la ayuda del vino, intentó reflexionar sobre la angustia que le provocaba ver su cuerpo decadente. Rápidamente registró que el asunto era la finitud de la vida. Y si bien la muerte parecía lejana, ya percibía que algún día llegaría. Lo que no había ocurrido en sus primeros cuarenta años de vida ahora sucedía con impunidad: el fin de la vida, aunque lejano, se empezaba a divisar.

María nunca había tenido mucho rollo con la muerte. Pensaba que si se moría cuando sus hijos ya eran grandes, no pasaba nada. Sería como quedarse dormida. Su problema era enfrentar el deterioro físico, que la angustiaba bastante. Y si bien todavía parecía un escenario lejano, ya empezaba a verse. Lo que antes no existía como posibilidad, ahora era una inquietud creciente.

El merlot le permitió registrar que su angustia tenía que ver con otra cosa. No se trataba del inevitable deterioro al que estaría expuesta más adelante. La emoción que sentía era más existencial, y tenía que ver con el temor a desperdiciar la vida.

Hasta hacía poco, como en la cabeza de María ni asomaba el tema de la muerte, tampoco existía la preocupación por aprovechar la vida. Después de todo, si alguien se sentía inmortal, ¿cómo sentirse presionado por obtener un buen resultado? Siempre habría tiempo para reencauzar las cosas o seguir probando.

Registrar la finitud de la vida tenía la enfrentaba a esa pregunta. No podía seguir especulando con que había tiempo de sobra para revertir un mal resultado. Al igual que en el fútbol, si un equipo iba perdiendo 3 a 0 y faltaban diez minutos para el final, era claro que el partido estaba perdido.

María no sintió estar perdiendo 3 a 0, ni que faltaran diez minutos para el final. Sin embargo, arrancaba el segundo tiempo, y resultado actual era un empate o una modesta victoria por 1 a 0.

Pero aún ese triunfo parcial era muy inestable frente a la enorme exigencia que tenía por delante. Ganar 1 a 0 no alcanzaba. Ella debía ganar por goleada. Entonces, una cosa era no tener registro del tiempo, como le había pasado en la primera parte de su vida, y otra distinta era enterarse que el primer tiempo ya se había terminado y que estaba corriendo la segunda y última mitad.

Intentó averiguar qué significaba ganar por goleada. Solo encontró difusas respuestas. Se fue al otro extremo, preguntándose qué sería para ella desperdiciar su vida. La pregunta era muy peligrosa porque en función de la altura a la que pusiera la vara, sellaría su suerte.

Tener una buena vida o fracasar eran dos juicios con un componente de subjetividad muy grande. ¿Podrían las personas elegir a qué altura poner la vara, o esa unidad de medida era configurada en la infancia, sin más alternativas que asumirla?

Llenó una segunda copa de merlot, confiando en que el alcohol aflojara sus defensas y aflorara la verdad.

Registró que sus expectativas eran altísimas y que para considerar que su vida había estado buena tenía necesitaba ciertos logros que no había obtenido y que ya no conseguiría. Lo primero que irrumpió en su mente fue la familia.

La idea de la familia unida había quedado atrás. A diferencia de los hombres, que solían separarse porque se habían enamorado de otra mujer, las mujeres lo hacían por tener un nivel de insatisfacción alto y no estar dispuestas a seguir viviendo así. María, como tantas, no había tenido bien claro qué era lo que quería, pero sí sabía lo que no quería. Y entre las cosas que no quería estaba su marido. Con la separación, había muerto la idea de la familia Ingalls.

Los tiempos posteriores a la separación habían sido muy difíciles, con mucho miedo de arruinar su vida. Todo era confusión, y la adversidad presionaba para que se reconciliara con su marido. En aquél entonces se preguntó mil veces si estaba haciendo lo correcto, o si era otro capricho de alguien inmaduro que a los cuarenta años seguía soñando con fantasías.

Fuera por lo que fuese, su fuerza y tozudez la sacaron adelante, sin necesidad de reconciliarse con su marido para simplificar su existencia. Pudo salir del fondo del pozo, sentirse fuerte, encontrar de nuevo al amor y conocer la felicidad. Pero no más maridos con cama adentro ni ideas de un hogar con chimenea y olor a pan recién horneado. Sobrellevar dos hijos adolescentes era bien complejo. Todo fue encontrando su lugar y la vida volvió a sonreírle. Había sido sorteado su crisis más profunda, sin estrellarse.

Pocos años después el villano de la insatisfacción volvía a presentarse. Ver su cuerpo deteriorándose le recordó que su tiempo no era eterno.

Pocas semanas antes había visitado a una amiga que vivía en el exterior. Ella también era divorciada, aunque se había vuelto a casar y tenido más hijos. Fue a cenar a aquél nuevo hogar, con marido, empleada con cama adentro y el griterío de una familia.

Paradójicamente, en vez de sentir melancolía o envidia, María salió espantada. No quería volver a vivir algo así ni de casualidad. Amaba estar con sus hijos, como así también disfrutaba su soledad y tranquilidad cuando ellos no estaban. Adoraba estar con su nuevo compañero, como también no estar obligada a convivir con él cuando se peleaban. Como si la idea de la familia Ingalls no recompensara tanto como prometía.

Volvió a preguntarse que sería para ella tener una buena vida. ¿Ser rica? ¿Famosa? ¿Exitosa? ¿Qué querían decir esas palabras?

¿Ser una buena madre? ¿Criar hijos capaces de desempeñarse bien en la vida? Si bien la respuesta a estas últimas preguntas era afirmativa, le pareció que la existencia no podía ser solo eso.

¿Tener un buen desarrollo profesional? ¿Estar con un hombre al que amar y por el cual ser amada? Todos eran temas importantes, y seguramente la felicidad  estaba compuesta por una multiplicidad de factores. Sin embargo, María tenía una pregunta que seguía inquietando su corazón. Todo parecía insuficiente, como si nada bastara.

Se sentía confrontada contra los límites de su existencia. Recordó a una sabia jefa que veinte años atrás le había dicho que “en la vida no hay mucho más que tener un buen trabajo, una buena pareja, hijos sanos.” Si bien María había asentido, aquella definición le había resultado aterradora. Si la vida era solo eso, era una trampa, un gran malentendido. Simplemente no podía ser. Debía haber algo más.

Ahora, a sus cuarenta y cuatro años estaba confrontada contra aquella realidad que le había anticipado su jefa. Se preguntó si más que un anticipo no sería una maldición.

Se sirvió una tercera copa de vino, mientras su espíritu seguía en caída libre.

Vino a su mente otra conversación con una amiga de cincuenta y ocho años, quien pese a haber sido toda su vida una exitosa ejecutiva, le contaba que a esa edad le costaba mucho reinventarse. Y que vivía con austeridad porque la línea divisoria entre la solvencia y la pobreza era muy delgada. María se había quedado angustiada, pensando cómo podría evitar aquél escenario para su propia vida. El solo imaginar que a sus sesenta se apagaban los motores y sólo restaba planear un par de décadas, le resultaba desolador.

Tomó conciencia de que nada le bastaba. Que el problema no era lo que hiciera o dejara de hacer, sino que los objetivos que alcanzar eran una trampa. No es que la vara estuviera alta. Era que cada vez que la saltaba, una mano invisible la volvía a subir un poco más. ¿Sería su propia mano? Sus metas resultaban como la línea del horizonte, que nunca puede ser alcanzada.

Inmediatamente pensó en dejar de subirse la vara y en la medida de lo posible, bajarla. Sin embargo, un sentimiento de pena y frustración la invadió. ¿Cómo lidiar con semejante monstruo? No se podía ganar, no se podía empatar, y ni siquiera se podía abandonar el juego. Había que quedarse y continuar perdiendo.

Recordó a un filósofo que decía que la felicidad era como el sexo. Si uno se preguntaba si lo estaba pasando bien, era porque no estaba gozando. Cuando uno era feliz, no había preguntas. ¿Pero se podía evitar las preguntas? ¿O una vez que surgían, el problema ya estaba instalado?

Recordó los momentos más felices de su vida. Algunos eran logros, muchos eran vínculos con familiares o amigos. Percibió que su encuentro consigo misma era la mayor fuente de plenitud. Como si la felicidad estuviera vinculada a la relación con uno mismo y con otras personas, y nunca a la relación de uno con objetos. La alegría producida por tener un determinado auto, casa o empleo, duraba a lo sumo, meses. La relación de uno con uno mismo, toda la vida. También el vínculo con los otros, que podía durar y crecer a lo largo de los años, algo que los bienes nunca ofrecían.

María se dio cuenta que no tenía sentido pelear contra el decaimiento físico. Nada le resultaba más patético que esas mujeres que habiendo sido bellísimas, estaban deformadas por cirugías, botox y colágenos. Cuidaría su cuerpo para poder seguir viviendo lo mejor posible, pero sin negar el paso del tiempo. Después de todo, era como pretender rechazar la ley de la gravedad. Las manzanas, las lolas y el cuerpo caían de arriba hacia abajo.

Por otra parte, buscarle un sentido a la existencia posibilitaba hacer todos los ajustes necesarios para ir logrando crecientes niveles de plenitud. Sin embargo, obsesionarse con la felicidad era la mejor forma de volverse infeliz.

Parecía mejor limitarse a alinear el pensar y el sentir con el hacer sin exigirse ni mucho menos, descalificarse por lo difícil y frustrante que podía ser la tarea. Simplemente tratar de hacerlo, con delicadeza y misericordia con uno mismo, permitiendo que la semilla de la plenitud fuera creciendo a su tiempo y a su forma.

Con un sentimiento de paz, María tapó la botella de vino. Aquella noche, el dios Baco la había ayudado a ver lo buena que era la vida.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Estoy desperdiciando mi vida?

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Ego, Fachada, Ideas equivocadas

No seré feliz pero tengo poder

-Ricardo está en su mejor momento, -dijo el principal asesor del candidato presidencial.

-¿Por qué?, -preguntó Mariana.

-Tiene una solidez notable. Claro, nunca se da un gusto…

-¿A qué te referís con que “nunca se da un gusto”?

-A que nunca, pero nunca, dice lo que piensa. Ni lo que siente. Ni la verdad. Simplemente dice lo que tiene que decir.

Mariana se quedó atónita.

-Excepcional.

-Pero; ¿y qué pasa si gana? Pensé que la política se hacía con la verdad…

-Mariana… ¿Vos pensás que en todos los años que llevo en el gabinete, alguna vez hemos hablado de las necesidades de los ciudadanos? ¿Te creés que eso le importa a alguien?

Mariana no podía dar crédito a lo que escuchaba.

-Lo único que importa es si las acciones benefician o perjudican al candidato, -completó el asesor. Todo lo que excede a ese análisis binario no le interesa a nadie.

Mariana se hundía cada vez más.

-Si yo fuera y le dijera a Ricardo “me voy a robar la bóveda del banco de la provincia”, él me miraría como diciéndome “¿y eso a mí en qué me implica?”

-O sea que no le importa, -balbuceó Mariana.

-Le importaría si lo puede perjudicar. Pero sino, se desentendería del tema.

-Pero que te robes el banco lo perjudicaría…

-Y por eso podría intervenir. No porque sea malo para la sociedad o para los ahorristas, sino porque perjudicaría su carrera política.

Mariana no salía de su estupor. -¿No hay margen de ayudarlo a pensar?, -preguntó con idealismo.

-¿Pensar en qué? Él solo quiere ser presidente y mantenerse ahí arriba el mayor tiempo posible.

-Una motivación muy trascendente, -dijo Mariana con sarcasmo.

-No te creas; exige mucha disciplina. Para poder llegar, te tiene que gustar el poder por sobre cualquier cosa. Si te gustan los negocios o las mujeres por encima del poder, no llegás.

-Sin embargo, la mayoría de los presidentes tienen problemas con casos de corrupción que siempre los salpican. Y también con mujeres, aunque estos rara vez toman estado público.

-Es que si coger te gusta más que el poder, estás jodido. Aparte, no tiene sentido.

-¿Por qué?, -preguntó Mariana con ingenuidad.

-Porque si tenés poder, cogés todo lo que querés.

Mariana se preguntó si personas de este tipo conocerían lo que era el amor. O un sentido trascendente de la vida, y su rol para construir una sociedad más justa.

-¿Por qué no se puede ayudarlo al candidato a ser mejor persona?, -insistió Mariana con candidez.

-Porque no es una preocupación. Y uno no puede asumir lo que el involucrado no asume. Aparte; nosotros somos neuróticos, pero ellos son psicópatas.

-¿A qué te referís?

-Te matan y no sienten ni culpa. Ninguna emoción recorre su cuerpo. Su aparato de negación para protegerse, es atroz. Sabés la cantidad de veces que vi a Ricardo entregar a sus hermanos… Y me pregunté: si él ni cuida a sus hermanos; ¿qué me queda a mí? Por eso, todo el tiempo hay que hacerles creer que son lo más importante. Que están llamados a ocupar un lugar único en la historia, no solo del país, sino del mundo.

-Todo cinismo, -dijo Mariana suspirando.

-Y sí…  Durante años insistí en decir la verdad, en ser ecuánime y equilibrado.

-¿Y qué pasó?

-Me fue pésimo. Así no avanzás en la vida. Al menos, en la política o las organizaciones. Por eso cuando de vez en cuando se me escapa una verdad y Ricardo se enoja conmigo, la arreglo diciéndole: “por algo vos estás en un lugar tan encumbrando y yo en uno tanto más abajo”… Y cuando digo eso, él vibra como si tuviera un orgasmo.

Mariana sentía un rechazo visceral a toda la conversación. -¿Y para esto quiere ser presidente?, -preguntó resignada.

-Y sí. Narcisismo puro.

-Pero todo ese reconocimiento, todo ese poder, el dinero, y las miles de mujeres que pueda elegir para acostarse no le van a dar lo que busca…

-¿Qué decís que es lo que busca?

-Ser amado.

Como contracara del hartazgo con que Mariana escuchaba las palabras de su interlocutor, el asesor la miró con ternura. No podía creer semejante trivialidad.

-¿A quién le importa ser amado si puede tener poder, dinero, sexo?

-Porque son todas búsquedas falsas y por ende efímeras. El placer, el tener, el poder son sucedáneos del amor que no brindan  plenitud.

-¿Lo decís en serio?

-Sí

-¿Me estás diciendo que es mejor ser un buen empleado que va en subte al trabajo y aguanta el maltrato de su jefe?

-Bueno…puede haber paz, dignidad, libertad. Claro que son valores que tu candidato ni registra. ¿Qué vivencias lo habrán marcado para elegir un camino en el que se deforma tanto?

El asesor guardó silencio. Reconocía verdad en aquellas reflexiones, que por otra parte, lo interpelaban.

Mariana no estaba mejor. Sabía que las sociedades solían tener los dirigentes que se merecen. No había líderes que venían de Marte para hacerse cargo del gobierno. Siempre surgían de la población de ese país.

-¿Y qué va a pasar el día que Ricardo sea presidente?

El asesor permanecía callado intuyendo una emboscada.

-Va a estar contento. Su mamá estará orgullosa de él. Y él sentirá una satisfacción interna por demostrarle a todo el mundo, en especial a todos los que se burlaron o lo maltrataron, que él pudo. Que era más listo y fuerte que todos. Habrá entrado en los libros de historia.

Con su interlocutor mudo, Mariana prosiguió su monólogo.

-Podrá cobrar fortunas por autorizar o negar un negocio. Recibirá comisiones millonarias de proveedores del Estado. Podrá elegir con qué mujer acostarse cada noche, ya que una infinita cantidad de ellas estará dispuesta a tener sexo con el presidente. Sea porque aspiran a conseguir algún reaseguro económico, o por el mero erotismo del poder. Son tantas las mujeres que avanzan por la vida a los conchazos… Y los hombres de poder, tan estúpidos…

El deprimido ahora era el asesor. Mariana continuó implacable.

-Pero más tarde o más temprano, tendrá que dejar ese lugar en el que los demás lo ven como Dios en la tierra y que seguramente él vivirá como un infierno.

-¿Por qué decís que vivirá la presidencia como un infierno?, -preguntó el asesor.

-Porque nunca tendrá paz. Nunca tendrá una intimidad verdadera con nadie. Mucho menos experimentará la confianza. Tendrá soledad y miedo. Ese es el precio de su droga.

El asesor sabía de lo que le estaban hablando. Pero era de los que prefería el maltrato protector del poder, a una tranquilidad fuera de él, que percibía como la muerte misma.

-Te entiendo, -le dijo Mariana. Es difícil renunciar a la droga. Pensarás que sin la adrenalina, sin el vértigo, las mujeres, la alfombra roja, ni los negocios, no se puede vivir…

-Se puede vivir, pero no tiene sentido esa vida. Vos me ofrecés una existencia de monasterio.

Mariana riéndose le dijo: -No te creas; en el monasterio está lleno de miserias humanas.

-Por eso; mucho mejor vivir las miserias más espléndidas con los faustos del poder.

-Vas a tener un vacío impresionante.

-Piso el acelerador a fondo y sigo para adelante.

-Es una buena forma de huir del vacío. Y una mala manera de vivir.

Ricardo ganó las elecciones e hizo una presidencia discreta. Muy humana.
Artículo de Juan Tonelli: No seré feliz pero tengo poder.

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Ego, Fachada, Miedo

Todos somos simuladores

-Me quedé pensando en lo que hablamos el otro día de esas emociones y sentimientos que reprimimos porque no queremos mostrar a los demás. Áreas que no nos gustan de nosotros mismos y por ende rechazamos y negamos, -soltó el discípulo.

-¿Y qué encontraste?, preguntó el Maestro.

-Que mirando hacia atrás mi vida, si hay una emoción que he reprimido es el miedo.

-¿Y en qué situaciones solía manifestarse?

-En el deporte era horrible. Si bien el miedo al error siempre había estado muy presente en mi vida, en la medida que fui desarrollándome, creció a niveles gigantescos. Además del terror a equivocarme, apareció el pánico a las alturas.

-¿A qué te referís?

-Al miedo a caerse cuando estamos en un lugar muy encumbrado.

-¿Y qué fue lo que te pasó en aquellas cumbres?

-Como se suponía que no podía ser el campeón y tener miedo, reprimía todas esas emociones.

-¿Y de dónde salió ese supuesto tan disparatado?

El discípulo se sintió avergonzado por la pregunta del Maestro. A la distancia, era un supuesto disparatado. Pero en su momento, para él había sido una ley de hierro; no se podía ser campeón y tener miedo.

-No tomaba contacto con mis miedos; por un lado, porque suponía que los campeones no podían tener miedo. Por otro, porque asumirme miedoso amenazaba mi sueño de ser campeón mundial.

El Maestro lo miraba con ternura. Imaginaba todo aquél sufrimiento. -¿A qué le tenías miedo?

-A cometer un error. A perder. A no llegar a ser quien quería ser.

-Obviamente cometiste muchos errores, perdiste muchos partidos, y no pudiste ser quien soñabas, dijo el Maestro en forma lapidaria pero con un tono compasivo. -¿Cómo vivías aquellos tiempos en donde sentías todo eso y te mostrabas como un campeón magnánimo?

El discípulo seguía acusando el impacto de aquellas precisas preguntas.

-Para empezar, muy solo. Y en cierto sentido, me sentía un fraude, un impostor.

-¿Cuál era tu engaño?

-Proyectar una imagen de alguien seguro de sí mismo, sin miedos, un campeón infalible y que se convirtiera en una leyenda.

-En aquél contexto, calculo que perder te produciría una sensación de liberación.

-Totalmente…

-Es como ocurre con las enfermedades, que tornan sinceras a las personas. Nos recuerdan que somos seres de carne y hueso, imperfectos, lejos de los personajes que nuestro ego pretende mostrar. Nos liberan del peso de sostener el personaje. Cuando uno está enfermo, casi que está obligado a ser quien es.

El discípulo escuchaba con atención.

 -Por otra parte, descuento que el hecho de sostener al personaje audaz y valiente que querías mostrar, te produciría más temor e inestabilidad emocional. En el fondo, sabías que el miedo seguía estando allí, y encima percibirías el enorme contraste entre la imagen que pretendías proyectar, y quien eras vos de verdad…

-Tal cual. Toda una situación muy fea.

-Las áreas que rechazamos de nosotros mismos nos convierten en simuladores. Vivimos intentando convencernos de que somos esa persona que nosotros vemos. La que nos gustaría ser, pero que no somos.  Soy un convencido que de todos los engaños y mentiras que existen en la vida, la mayor de todas es la que cometemos contra nosotros mismos. Nos terminamos comprando el personaje que vendemos.

El discípulo escuchaba maravillado. -¿Y cómo salimos de semejante trampa?

-Ser sinceros con nosotros mismos es una de las tareas más difíciles que podemos emprender. Para poder hacerlo tenemos que dejar de lado anhelos, ilusiones, sueños, fantasías, delirios… Prejuicios, apegos, heridas emocionales que nos condicionaron toda la vida. No es fácil despojarse de todo eso. En algún sentido pareciera mejor seguir engañándonos que enfrentar semejantes dosis de verdad. Sin embargo, el precio de no hacerlo es muy alto.

-Dame algunas pistas porque estoy perdido.

-La autoobservación. Tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos.

-¿Qué es lo que tendría que ver?

-Por ejemplo, si tenés reacciones exageradas. Las personas que reaccionan en forma desproporcionada, suelen tener importantes niveles de represión y autocontrol, que finalmente termina saliendo por donde puede. También puede ser algo que te atrae irresistiblemente. Cuando tenemos una pulsión fuerte, es probable que sea la respuesta a ciertas pasiones o intereses que están sometidos o contenidos.

-Me siento muy identificado con lo que estás contando…

-Otras fuentes de aprendizaje pueden ser nuestra sexualidad, o las relaciones de pareja o amistad, y los sueños.

-¿Qué nos puede enseñar nuestra sexualidad?

-Muchas cosas. Para empezar, es algo en lo que debiéramos ser auténticos, y sin embargo, demasiadas veces no lo somos. Aún ahí, tenemos miedo de mostrarnos tal cual somos. No queremos correr un riesgo, deseamos evitar un rechazo.

-¿Y eso está mal?

-Creo que lo que no es bueno es no ser auténtico. La sexualidad es el encuentro entre dos seres. Eso conlleva que ambos puedan mostrarse desnudos de cuerpo y sobre todo, de alma. Sin embargo, muchas personas, aún con años de pareja, no se animan a expresar lo que quieren. Y eso las deja en un lugar de soledad, acumulando represiones que nadie sabe cómo se resolverán.

-¿Me estás diciendo que tendríamos que cumplir todas nuestras fantasías sexuales?

-No sé si cumplirlas todas será posible. Pero de lo que estoy seguro es que si tenemos una buena pareja, debiéramos poder expresarlas en su gran mayoría. Sino lo podemos hacer, ahí hay algo que aprender. Algo importante de nosotros mismos. Ver por qué tenemos tanta necesidad de ser correctos. O tanta aversión a ser rechazados. Ser capaces de ver esa área que no le estamos dando lugar. Aún cuando pudiera ser oscura. Siempre es mucho mejor ponerle luz que dejarla sepultada.

El discípulo permanecía callado.

Otra pista interesante a seguir es si uno siente que debe ser bueno. Los seres humanos somos buenos por naturaleza, pero también tenemos nuestras áreas oscuras. Cuando nos pescamos tratando de actuar el personaje bueno, tenemos un problema.

-¿Cuál sería el problema?

-Que no es auténtico. Somos buenos; pero si necesitamos demostrarlo, es otra simulación más. Y ahí surgen varias preguntas: ¿Por qué estoy tratando de ser bueno? ¿Qué tengo que demostrar? ¿A quién tengo que rendirle examen? ¿Qué quiero obtener a cambio de ser bueno?

-Uff, qué difícil. La tarea que me espera es descomunal.

-Tranquilo. No se trata de obsesionarse con corregirse a uno mismo, porque eso siempre termina en desastre. Solo es cuestión de empezar a prestar atención, y en la medida que se van presentando ciertas circunstancias, tratar de ver nuestro interior con sinceridad. Dejar de alimentar el personaje, aunque sea por un rato. Dejar de mentirnos aunque sea por un rato. Eso es todo.

-¿Nada mas?, preguntó el discípulo con ironía.

-Nada mas.

Artículo de Juan Tonelli: Todos somos simuladores.

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Ego, Fachada, Madurez

Sótanos

“-Sombra se le llama a esa zona no iluminada que maneja los hilos de nuestra vida. Está conformada por lo que rechazamos de nosotros mismos; eso que ocultamos a los demás temiendo ser rechazados si se dan cuenta de que tenemos tal o cual característica”, explicó el Maestro.

El discípulo escuchaba atento, sintiendo que se estaba abriendo paso a algo importante.

“-Jung prefería ser un individuo completo antes que una persona buena”, agregó.

“-No entiendo bien lo que quiere decir”, protestó el discípulo. “-¿Acaso es malo ser bueno?”

“-Más que estar mal, es incompleto. Todos tenemos áreas luminosas y otras oscuras. Partes buenas y otras no tanto. Todos los males habitan nuestro corazón, y no se corrigen reprimiéndolos, por la simple razón que no son algo a corregir”, dijo el Maestro.

“-¿Entonces puedo robar un banco o violar mujeres con tranquilidad?”, provocó el discípulo.

“-Planteado en extremos es fácil convencerse de que uno es bueno. Sin embargo, la mayoría de las personas han deseado enriquecerse de cualquier forma, para escapar del tedio del trabajo, o de la inseguridad económica. También, casi todos los individuos han deseado acostarse con varias personas que se han cruzado por la vida. Y estos son solo algunos ejemplos de sentimientos que regularmente habitan el corazón humano”, explicó el Maestro.

“-Pero una cosa es que habiten nuestro corazón y otra distinta es que uno lleve a cabo todo lo que piensa o siente”, se quejó el discípulo.

“-Por supuesto. Sin embargo, si uno mira con mayor detenimiento esos sentimientos, y es honesto consigo mismo, encontrará que muchas veces desearía haberlo hecho, y sino avanzó es simplemente porque tenía miedo o porque era socialmente incorrecto”, amplió el Maestro.

“-¿Y eso está mal?”, preguntó el discípulo.

“-Es difícil analizar toda la vida en forma binaria, entre bien y mal; nosotros somos esas dos cosas, y mucho más. Igual, yendo a tu pregunta, te diría que más que estar mal, el tema es que generalmente uno reprime, tapa, y esos sentimientos quedan ocultos y acumulándose peligrosamente en otros lugares de nuestro ser”, dijo el Maestro.

“¿Peligrosamente?”

“-Toda realidad ignorada genera su propia venganza, decía Ortega”, sonrió el Maestro. “-Nuestra sombra siempre es inconsciente. El tema es que para lograr paz, necesariamente tendremos que detectarla, iluminarla, e integrarla a nuestra vida. Es decir, entender que es una parte nuestra, y aceptarla. ¿Cuáles pensás que podrían ser algunas de tus sombras?”

El discípulo se quedó pensativo. Después de unos instantes, dijo: “-Cuando jugaba al fútbol, lo que ocultaba bajo siete candados era el miedo que sentía. Tenía terror de perder, de cometer errores. Y como me daba mucha vergüenza que pudieran darse cuenta, lo tapaba, sobreactuando valentía aunque en mi interior estuviera aterrorizado…”

“-Y sí, pretender tapar una emoción tan fuerte y primaria como el miedo solo la agiganta”, asintió el Maestro.

“-Cuando me dediqué a la música, el problema central era mi enorme exigencia. Vivía frustrado por la enorme diferencia existente entre la realidad y mi propia creencia de cómo debían ser las cosas. Me esforzaba para tener una técnica perfecta que me convirtiera en una estrella, y al percibir que estaba muy lejos del objetivo planteado, me frustraba y enojaba, cargándome de una negatividad altamente tóxica…”, amplió el discípulo.

“-Más adelante, con el alcoholismo me anestesiaba del dolor emocional, la soledad y la exigencia. Sin buscarlo, me fui deslizando en ese infierno en donde el alcohol era lo único que me aflojaba. Y en la medida en que iba perdiendo el control, redoblaba mis esfuerzos por controlar y paradójicamente, peores resultados obtenía”, contó el discípulo mirando su vida con compasión.

“-Los esfuerzos por controlar suelen ser contraproducentes. La vida se rebela con una fuerza mayor a aquella con la que se intenta someterla”, explicó el Maestro con gran sabiduría.

“-Y así podría seguir”, se autolimitó el discípulo.

“-Seguí”, pidió el Maestro con delicadeza. “-Hablame de debilidades más habituales como por ejemplo el sexo.”

El discípulo se sentía expuesto.

-“Lo del sexo fue tremendo. No sé cómo me sobrepuse a tanta educación religiosa. Por la enorme condena que recibí desde chico, mi vida sexual fue una gran represión. Pasé de la virginidad a la fidelidad extrema, por no decir a la castidad”, dijo el discípulo entre risas.

“-¿Fidelidad o castidad?”, preguntó el Maestro también entre risas.

“-¿Acaso no se parecen?”, preguntó el discípulo con cierta ironía. “-Fue fidelidad, pero conforme al décimo mandamiento, no podía ni desear la mujer de mi prójimo. Mirar un culo o unas tetas estaba mal porque podía ofender a mi esposa…”

“-Ahora el binario voy a ser yo “, dijo el Maestro con una sonrisa. “-¿Acaso las personas debieran estar felices de que su compañero desee a otra persona?”

“-Más allá de lo que le pareciera a mi primer esposa, yo no me lo permitía a mi mismo. Y el contraste entre aquella arbitraria ley y lo que pasaba por mi interior era abismal. Alguien de veinticuatro años lo único que quiere es acostarse con cuanta persona puede. Pese a eso, yo negaba todo, como si fuera un monje.”

“-El delirio es creer que desear está mal ! ¿Cómo controla uno lo que desea, lo que piensa, lo que siente? Es comprensible que uno pueda considerar no seguir su deseo, o no hacerle caso a los pensamientos. ¿Pero de ahí a establecer que está mal desear? Es un disparate. Y así fue como terminé…”, completó el discípulo.

“-¿Cómo terminaste?”

“-Reprimí, reprimí, reprimí, hasta que a los treinta y dos exploté en mil pedazos y me enamoré perdidamente de otra mujer. Como eso también estaba mal y prohibido, pese a mi resistencia y contradicción, terminé separándome de mi primer mujer para casarme con ella. Otro disparate”, se confesó el discípulo con algo de fastidio.

“-¿Y cuál sería el disparate?”, insistió el Maestro.

“-Creer, nuevamente, que la sexualidad que despertó ese enamoramiento iba a ser así para toda la vida. En ese matrimonio el ciclo fue mucho más corto. Lo que en el primero me había tomado diez años, la segunda vez duró tres años. Como no podía ser infiel, terminé yéndome con otra mujer.”

“-Después del segundo divorcio empecé a darme cuenta que si seguía en ese camino podía terminar con diez matrimonios. Si no era posible desear a la mujer de tu prójimo, y la única alternativa a las poderosas pulsiones sexuales era canalizarlas con la esposa, iba a terminar como Elizabeth Taylor, casado nueve veces. Siempre fiel, pero con grandes y recurrentes rupturas que permitieran descomprimir por un tiempo, todo lo que estaba prohibido. Obviamente no era un buen plan de vida…”, contó el discípulo mirando el vacío.

“-¿Y cómo lo resolviste?”, indagó el Maestro.

“-No lo resolví!”, exclamó el discípulo. “-Creo que es un tema complejo y no algo a “solucionar”. Igual, paré de contraer matrimonios, empecé a vivir experiencias que tenía que vivir, y en los períodos que volví a estar con una pareja estable, si bien traté de ser fiel, nunca más pretendí no desear a otras mujeres. Aprendí que eso no lo controlo en lo más mínimo, por lo cual solo me queda percibirlo, dejarme atravesar por esos sentimientos o deseos, sin por ello concretarlos”, completó el discípulo.

“-Hacés una reflexión muy realista”, acompañó el Maestro. “-Te diría que todos los hombres y mujeres que me vienen a ver tienen una doble vida en materia sexual. Muchos la llevan a cabo, y otros no; solo dan rienda suelta a sus fantasías. Mientras se acuestan con su pareja piensan en cualquier otra persona salvo con la que están teniendo sexo…”

“-Durante años me pareció mal. Ahora, que soy un viejo, no juzgo. Simplemente soy un testigo de la vida. Esa aventura increíble que a veces conducimos y que en muchos casos nos pasa por arriba. Y aparte de no juzgar, lo que nunca hago es negar ni mucho menos intentar definir cómo debe ser la realidad. La realidad siempre es lo que es”, dijo el Maestro.

“-Está claro que todo aquello que tapamos o que mandamos al sótano porque no nos gusta, termina volviendo con más fuerza. Esa es nuestra sombra. Y lo que debemos hacer es bajar al sótano, prender la luz, ver qué hay, entender por qué llegó ahí, y cómo podemos hacer para que eso no siga aprisionado, condicionándonos y desestabilizándonos”, agregó el Maestro. “-¿Cómo es tu relación con el dinero?”

“-Bastante contradictoria. La resultante de una moral religiosa y la enorme presión cultural por ser rico”, dijo el discípulo victimizándose.

“-¿Podrías ser más preciso?”, solicitó el Maestro.

“-Mi religión condenaba toda corrupción y codicia. Y la cultura me exigía ser millonario sin importar los medios. La sociedad tiene una mirada muy indulgente acerca de cómo las personas se vuelven ricas. Una vez que alguien tiene mucho dinero, solo importa eso, y nadie tiene en cuenta las barbaridades que hizo y que hace para tener esa fortuna”, se quejó el discípulo.

“-¿Y vos?”, confrontó el Maestro.

“-La llevé como pude. En mis años de castidad, también cumplía las normas y era un empleado correcto. Tenía una gran pulsión y tentación a tomar atajos que me volvieran rico. Algunas transgresiones cometí, pero la verdad es que me costaban mucho. Me sentía mal, poniéndome muy nervioso y sintiéndome culpable…”

“-¿Y ahora?”, insistió el Maestro.

“-Sigo teniendo un importante anhelo de tener dinero, pero ya no a cualquier precio. Descubrí que transgredir ciertos límites me hacía mucho mal a mí. Podía ganar el dinero pero después no me sentía bien, así que opté por dejar de lado conductas que me angustiaban”, agregó el discípulo.

“-Nada muy virtuoso que digamos”, dijo el Maestro sonriendo.

“-En absoluto”, contestó el discípulo en forma categórica.

“-¿Y no te angustia no tener mucho dinero?”, aguijonéo el Maestro dejando expuesta la contradicción.

“-No sé si la palabra es angustia. Probablemente un poco si pienso en que me pueda faltar algo cuando sea viejo. Pero me complica más en el presente, cuando a veces me siento un boludo frente a tanta gente que gana mucho dinero sin tanto esfuerzo o capacidad…”, contestó el discípulo con cierta melancolía.

“-¿Encontrás alguna linea que una todas estas sombras que señalaste?”, preguntó el Maestro.

Ante el silencio y la cara de sorpresa del discípulo, le dijo: “-Tu necesidad de ser querido, reconocido, amado.”

Dispuesto a ir a fondo, el Maestro explicó: “-esa necesidad es la mayor de las sombras de todo ser humano. Todas nuestras sombras más oscuras anclan en nuestro desesperado intento por ser queridos, valorados, amados. Como no nos miraron, estamos ansiosos y necesitados. Pero nada de lo que hacemos nos salva de ese agujero negro, porque nada que el otro haga va a salvarnos de ese abismo. Nos hacemos expertos en dar, y en construir un personaje que aunque nunca lo diga, solo anhela ser amado. “

“-¿Y cómo se hace con semejante verdad”, balbuceó el discípulo con impotencia.

“-Poniendo nuestras sombras a la luz. Enterándonos que las tenemos. Que nos condicionan y nos hacen infelices. Que nunca nos van a saciar. Pero para poder hacer eso tenemos que parar de juzgar. Dejar de descalificar y definir qué es lo que está bien y qué está mal, para poder percibir la realidad entera, tal como es. La nuestra y la que nos rodea. Por eso Jung prefería una persona completa antes que una buena”, completó el Maestro con una sonrisa.

Artículo de Juan Tonelli: Sótanos.

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Adversidad, Ego, Ideas equivocadas

Elijo odiar

Que una pareja se rompiera por un tercero era -a su juicio-, un drama común. Después de todo, aunque los integrantes lo vivieran como un hecho catastrófico y estuvieran convencidos de ser las únicas personas de la historia a quienes que les ocurría, la realidad era otra. Sucedía con frecuencia, y dentro de las vicisitudes que podía deparar la existencia humana, no era tan grave. Por más que los involucrados no lo creyeran, había sobre vida después de un abandono sentimental.

El terapeuta imaginó el dolor de esa mujer que tenía enfrente. Con unos cincuenta años, y después de toda una vida de casados, su marido seguramente la habría abandonado por una más joven.

“- ¿Cuánto hace que él se fue con esa otra mujer?”, preguntó.

“- ¿Con esa chiruza? Y, hará unos veinte años”, expresó con un fuerte enojo.

La respuesta lo dejó congelado. ¿Veinte años? Después de haber escuchado un rato a la paciente, había supuesto que el suceso habría ocurrido tres o cuatro meses atrás. Pero veinte años abrían las puertas del infierno.

Evidentemente la mujer tenía aquella vivencia totalmente cristalizada. No había ninguna chance de que hubiera rehecho su vida.

“¿-Y qué fue de la vida de su ex?¿Tiene pareja, otros hijos además de los dos que tuvo con usted?”

“- Sigue con esa puta. Tuvieron cuatro hijos”, respondió indignada.

Sin saber por dónde abordar el caso, el terapeuta intentó moverse en otra dirección. “- ¿Usted cuánto tiempo estuvo casada?”

“- Casi seis años, más uno y medio de noviazgo.”

El problema era realmente grave. Aquella mujer se sentía despechada como si la hubieran abandonado el día previo, cuando en realidad eso había ocurrido dos décadas atrás.

Por otra parte, mientras ella había sido incapaz de rehacer su vida, aparentemente su ex marido había logrado una estabilidad importante. Veinte años con la misma pareja y cuatro hijos con su nueva mujer no daban lugar a dudas. Si el hombre había podido desarrollar una nueva relación tres veces más duradera que la anterior, era evidente que el problema principal estaba en la antigua pareja, o en la paciente, pero no tanto en aquél hombre.

Después de entender cómo se había desencadenado el romance de la discordia, y el doloroso proceso posterior, el terapeuta decidió tomar el toro por las astas.

“-¿Y por qué usted no pudo rehacer su vida y enamorarse nuevamente? Cuando su ex marido la abandonó usted tendría unos treinta años…”, dijo con suavidad.

“- Cuando ese desgraciado nos abandonó a mí y a mis hijitos, yo tenía veintinueve años. Una vergüenza”, dijo ella con un enojo que le salía por los poros.

El terapeuta sentía que estaba frente a una roca del tamaño del Everest. Algo inconmovible e imposible de ser movilizado.

“-¿Y no le da tristeza saber que está malgastando su vida?”, insistió con pocas esperanzas.

“- ¿Tristeza? No, doctor. Estoy furiosa por lo que ese señor nos hizo a sus hijos y a mí.”

“-¿Se refiere a lo que pasó hace más de veinte años?”, provocó.

Ante el silencio que ratificaba el acuse del impacto, continuó.

“- ¿Es consciente que toda su energía está puesta en el lugar equivocado, impidiéndole seguir con su vida?”

“- Sí claro”, dijo ella con una llamativa convicción.

“- Poco después de comprender que ese desgraciado no iba a volver más con su familia, yo tenía dos opciones. Intentar ser feliz pese a todo, o hacer que él se sintiera un miserable, y que su vida fuera un infierno…”

A pesar de tener una extensa experiencia, el terapeuta no dejaba de asombrarse por la paciente que tenía enfrente.

“- Y obviamente elegí lo segundo”, dijo ella con una magnanimidad y confianza que intimidaban.

El terapeuta estaba conmovido. ¿Cómo era posible que tantas personas eligieran voluntariamente destruirse?¿Por qué algunos después de haber sido heridos, podían comprender, perdonar, sanar, y seguir adelante? ¿Y por qué otros, en cambio, se sentían humillados y gastaban toda su energía en tratar de arruinar la vida de sus ex, como si eso le diera sentido a las suyas?

Pese a ser la primer consulta, ante tamaña situación el terapeuta decidió jugarse el todo por el todo.

“-¿Y para qué viene acá?¿Qué espera que ocurra?”

“- Que me ayude”, dijo ella algo molesta.

“- ¿A qué?¿A odiar mejor?¿O quiere que la felicite por la buena tarea que está haciendo?”, disparó él.

La atmósfera del ambiente se podía cortar con un cuchillo.

Después de unos minutos que parecieron horas, ella dijo: “- No quiero seguir viviendo así”, con una voz que por primera vez dejaba entrever alguna grieta.

“- Quiero poder desarrollar mi vida, pero a su vez, siento que ya la desperdicié. Los mejores años ya pasaron. ¿O usted cree que a mi edad y con este cuerpo es fácil encontrar una buena pareja?”, dijo ella intentando justificarse.

“- Por otra parte, además de criar a mis hijos, mi misión principal ha sido joder a mi ex, asegurarme de que no le vaya bien. Si dejara eso atrás; ¿qué hago de mi vida?”

El terapeuta no salía de su asombro. Por lo atroz de las palabras, y por la consciencia que ella tenía de la situación. ¿Habría alguna oportunidad de ayudarla en función de la aguda auto crítica realizada, o sería solo una ilusión?

Su experiencia le indicaba que muchas personas elegían odiar. En algún sentido, era más fácil dedicarse a destruir la vida de otro, que intentar hacer algo con la propia. Aunque bien valiera la pena, esto último era siempre mucho más trabajoso.

Reflexionó sobre la identidad. ¿Cómo era posible que las personas encontraran un sentido a su vida con semejante disparate? La mente, esa máquina capaz de explicar y justificar cualquier cosa le recordó a los fundamentalistas y guerrilleros. Aunque el poder formal y democrático de occidente pudiera ser aún más cruel, siempre era más fácil visualizar los errores de los débiles.

“- Entiendo que usted no es una mujer de veintinueve años con un cuerpo escultural. Como también es inevitable que con tanto odio tenga varios problemas de salud… A ver, yo puedo ayudarla, siempre que usted esté dispuesta a correr el riesgo de hacer algo con su vida. Si su elección es poner toda su energía en arruinarle la vida a su ex, no tengo nada para hacer. Ahora si usted elige vivir, podemos recorrer un camino”, dijo el terapeuta.

“-¿Y qué sería elegir vivir?, preguntó ella entre sarcástica y curiosa.

“-Decidir llevar bien lo que la vida le presenta. Ni usted ni nadie necesitan de una pareja para ser feliz. Los seres humanos necesitamos muy pocas cosas. Pero nuestras programaciones nos hacen creer que seremos infelices si no tenemos una buena pareja, una familia, una linda casa y auto, un trabajo bien pago y con sentido… Y en realidad, todas esas ideas lo único que generan es mucha infelicidad, ya que a lo sumo podemos tener algunas pocas, y durante un tiempo. Pero nuestra cabeza no para de recordarnos todo lo que nos falta, y eso arruina la vida.”

“- Es una idea moderna pensar que la felicidad es la ausencia de problemas y frustraciones. Y por cierto, una idea errada. No tiene ningún correlato con la realidad y produce muchísimo sufrimiento.”

“-Por otra parte, perder el rumbo nunca es un problema. Nos pasa a todos. El tema es no tener la humildad de querer recuperarlo. El problema no es haber perdido mucho tiempo, sino decidir continuar perdiéndolo.”

“- Usted elije. Si tiene la humildad de buscar su camino, y está dispuesta a dejar atrás ese pasado que le resulta tan querido porque hace veinte años que lo abraza con todas sus fuerzas, me llama.”

Como si hubiera combinado con el terapeuta, el siguiente paciente tocó el timbre.

Artículo de Juan Tonelli: Elijo odiar.

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Ego, Fachada, Sufrimiento

Construyendo una casa en función de un picaporte

Los tenistas conversaban en forma ruidosa, cuando súbitamente, las voces se apagaron hasta dejar el vestuario de Wimbledon en un llamativo silencio.

Facundo, que era solo un niño acompañando a su padre, quiso saber qué ocurría. ¿Qué habría pasado para que de un momento a otro, la conversación bulliciosa se transformara en un silencio sepulcral? Nadie hablaba, y todos ordenaban sus bolsos, o miraban al piso.

“- ¿Qué pasó, papi?, preguntó a su padre.

“- ¿Ves a aquel señor rubio y de pelo largo que acaba de entrar? Es Bjorn Borg, el mejor jugador de la historia. Ganó cinco veces seguidas este torneo.”

Los ojos de Facundo se abrieron y la cara se le iluminó. Sabía perfectamente quién era ese dios sueco.

Aquél hecho que podría parecer menor, vendría a marcar su vida a fuego. La emoción percibida en el ambiente, el silencio abrupto generado por la mera presencia de Borj, le inocularían un peligroso germen. Con sus cuatro años de edad y sin saberlo, decidió convertirse en una leyenda.

El problema es que el tenis era sólo una herramienta. Lo crucial era despertar en los demás una admiración de tal envergadura que los dejara mudos.

Quería que su mera presencia generara silencios sobrecogedores. Que todo el mundo reconociera su autoridad y valor, de forma tal que al llegar a cualquier ámbito (no sólo al vestuario del All England), todos se pararan para verlo, como si el mismísimo dios se hubiera apersonado.

Obviamente, esos sentimientos habitarían el corazón de Facundo a niveles profundos inconscientes. Esas pasiones subterráneas que condicionan fuertemente la vida de las personas sin que ellas se enteren, y mucho menos, puedan ajustar sus rumbos para no sufrir tanto e innecesariamente.

¿Qué le habría pasado a Facundo?

¿El drama común de todos los seres humanos, que al no ser amados, solo les quedaba conformarse con ser reconocidos? ¿Nadie era capaz de ver que ese sustituto del amor era muy pobre, y que no solo no servía como reemplazo sino que además, generaba enormes dosis adicionales de dolor?

Facundo, al igual que millones de personas, recorrería un larguísimo camino antes de comprender la trampa en la que se encontraba. Hizo una excelente carrera como tenista, logrando ser campeón de su país. Durante algunos breves períodos, la vida pareció ceder a sus caprichos, pero luego lo fue despertando, impiadosamente, a la realidad. No ganaría Wimbledon, no sería el número uno del mundo, y mucho menos, alguien que provocara silencios conmovedores.

Aquella programación inicial grabada a fuego esa tarde en que vio llegar a Borj, sería algo que generaba sufrimiento por partida doble. No solo le había provocado enormes niveles de frustración al no poder lograr el altísimo objetivo que se había propuesto, sino que para peor, le impedía disfrutar todo lo que lograba, que era mucho.

Llegó un punto en que su vida se convirtió en un infierno. Un pantano de frustración y dolor, del que él era incapaz de darse cuenta que había sido su involuntario creador. Pensaba que la vida no lo trataba bien, como él se merecía. No podía registrar que el universo no venía a cumplir caprichos o carencias afectivas.

Y que en todo caso, la historia del hombre consistía en ir sobreponiéndose a todas las adversidades que el camino indefectiblemente presentaba, y encontrarles un sentido.

Parado en la mitad de su vida, y acompañado solo por un malbec, Facundo se preguntó cuándo habría perdido el rumbo. Cuándo había entrado en ese laberinto sin salida.

Aquella anécdota del vestuario en el que ingresó Bjorn Borj vino a su mente. ¿Podía ser tan estúpido de haber pretendido armar su vida en función de un hecho tan trivial y superfluo como ese? Se dio cuenta que esa era la simple verdad.

Sin embargo, no le escapó que aquella situación solo era el emergente de un tema preexistente y mas profundo. El anhelo de ser admirado como la deidad que era el quíntuple campeón de Wimbledon, solo venía a expresar su gran necesidad de ser reconocido.

Como no había sido amado, quería ser reconocido.

Recordó cuánto lo conmovía que las personas lo reconocieran por aquellas cosas que él hacía bien. Le llegaba hasta el fondo del alma, tocando un lugar de su corazón que estaba muy dañado . Sin embargo, de ahí a estructurar toda su vida en función de esa caricia que no reparaba sino solo mitigaba un dolor que nunca desaparecía, había una distancia infinita.

Tomó conciencia que organizar su existencia en función del reconocimiento era un absurdo. Recordó el cuento de Nasrudín, que pretendía armar una casa en función de un picaporte. ¿Podía existir algo más ridículo que hacer una casa en función de un picaporte, por más valorado que éste fuera? Y sin embargo, era una buena metáfora de su vida, la cual había pretendido armarla en función del “picaporte” del reconocimiento. ¿Acaso no era la historia de todos, o de una inmensa mayoría de los seres humanos?

Ayudado por las copas de vino, percibió que en el fondo, los adultos no necesitaban reconocimiento de terceros. Ese no era un buen alimento para el alma, sino más bien algo bastante superfluo y adictivo.

Al elegir ese camino, las personas se pasaban la vida analizando a todo el mundo bajo el lente binario de “me quiere” o “no me quiere”. Bien infantil. Y lo que es peor, siempre permanecen en el mismo lugar ya que al poner el eje en la mirada de los demás, son incapaces de ver qué es lo que ellos mismos esperan de sí mismos.

Sintió esa idea como una revelación. Tirando de esa punta, fue surgiendo otro concepto aún más importante. El único reconocimiento que necesitaban las personas cuando eran niños, era el de sus padres.

En la adultez, lo que debían que buscar, si es que cabía esa palabra, era la aprobación de sí mismos. Lograr paz de conciencia. La posibilidad de desplegar su propia vida. Vivir según los propios ritmos y tiempos, que siempre iban cambiando. No vivir para el afuera.

Aunque pareciera un drama de personas psicoanalizadas, la satisfacción de un corazón dañado cuando era niño, no llegaría nunca. Era un barril sin fondo. ¿Ese sería acaso el pecado original, que se iba repitiendo de generación en generación? ¿Habría algún amor paterno que sin llegar a ser perfecto, no generara tantas carencias que condicionarían toda la existencia de los hijos?

Facundo se dio cuenta que continuar hurgando en lo que le había faltado de niño, no lo llevaría a ningún lado. Era importante registrarlo, enterarse, verlo tal cual había ocurrido, pero después era imperioso elegir soltarlo.

Podía comprender la raíz de su permanente búsqueda de reconocimiento. En el fondo, era un tema que aplicaba a todas las personas.

También pudo registrar que pasarse la vida tratando de ser reconocido no lo haría feliz. La satisfacción generada por el reconocimiento de un logro no tenía nada que ver con la plenitud del amor, o de encontrarle sentido a la vida. Para peor, buscar esa satisfacción llevaba implícito estar estar esforzándose todo el tiempo.

Supo cuál era el camino. Ahora solo le restaba empezar a transitarlo.

Artículo de Juan Tonelli: Construyendo una casa en función de un picaporte.

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