Incertidumbre

Adversidad, crisis, Incertidumbre, Miedo

la vida es algo más que empujar todo el tiempo

Emilio salió del consultorio del oncólogo sosteniéndose como pudo. Por qué la vida se había ensañado tanto con él? Está bien; no le había prestado mucha atención a ese cansancio que venía arrastrando desde un año antes de que le diagnosticaran el cáncer de colon. Pero de ahí a semejante catástrofe? La vida podía ser cruel y despiadada.

Lo que inicialmente había prendido las señales de alarma -el diagnóstico de un tumor maligno en el intestino grueso-, se convirtió en un abismo cuando la tomografía mostró que tenía varias metástasis.

Le extirparon todo el mal, y cumplió rigurosamente con el largo tratamiento. Se sintió curado. Festejó su cumpleaños exultante, por haberle ganado a la enfermedad. Su férrea determinación todo lo podía.

A los tres meses y en el primer control de rutina se encontró que había muchas metástasis nuevas. Con la voluntad se podía intentar todo pero no lograr todo.

Del consultorio del médico apenas pudo caminar hasta el bar más cercano. Había ido solo, como siempre. Aunque le hubiera encantado que alguien lo acompañara, siempre sobreactuaba su fortaleza, mostrando que era autosuficiente. Esta vez, lo único que hubiera necesitado era un abrazo. Un hombro en el cual apoyarse y llorar como un chico. Descargar toda la impotencia junta. Dejar de hacer esfuerzos por ser fuerte. Ya está. La vida lo había desparramado.

Pidió un cortado, mientras miraba la nada. El mozo intentó una conversación pero Emilio nunca le contestó. Si se iba a morir pronto, qué sentido tenía seguir siendo correcto?

Durante algunos días evaluó entre retomar la quimioterapia o buscar caminos alternativos. Finalmente decidió dejar de lado los protocolos tradicionales. Si no habían servido de nada cuando la enfermedad no era tan avanzada; qué podrían aportar ahora?

De todas, formas, descartar la medicina tradicional le produjo una sensación de caída libre, sin paracaídas. Se estaba muriendo a toda velocidad y no haría nada? O acaso así funcionaba el negocio de la oncología, vendiendo medicamentos costosos que solo ayudaban a laboratorios y médicos poco íntegros? No tenía respuestas para esos interrogantes, aunque supo que no quería retomar ese camino.

La sensación de soledad y aislamiento al no seguir la medicina tradicional le generaba un miedo aterrador. Como optar por tirarse de un décimo piso antes que morir quemado por el incendio.

Así llegó a una fundación que ofrecía un abordaje espiritual de las enfermedades complejas. A diferencia de otras, no exigía el abandono de la medicina tradicional. La directora quiso saber por qué Emilio había tomado esa decisión.

-Quiero morirme por mi cáncer y no que me mate la quimio.

Aquellas palabras retumbaron en el cálido escritorio de la médica.

-El tiempo de vida que me quede, no quiero pasarlo en centros de quimioterapia.

La directora sabía bien de qué le estaban hablando.

-Le cuento que hay muchos casos de remisiones espontáneas, de esas curas que la ciencia no puede explicar, -dijo.

-Eso es lo que vine a buscar, -contestó Emilio, -aunque ni yo mismo lo creo.

Estaba aturdido, cagado a palos por la vida. Tanto esfuerzo, tanta voluntad, actitud, habían sido estériles. Tal vez por primera vez en cuarenta años, su determinación no servía para nada.

-Y qué tengo que hacer para curarme del cáncer, -preguntó con escepticismo.

La médica lo miró compasiva. Cómo explicarle a alguien tan duro que solo confiaba en sí mismo? Percibía que ese paciente era incapaz de soltar, entregarse, aún en circunstancias tan extremas. No se había dado cuenta que vivir era otra cosa.

-En general se producen cuando las personas se entregan. Cuando asumen su impotencia. Que no pueden hacer nada de nada. Que su férrea voluntad no funciona. Cuando dejan de empujar y se abren al misterio de la vida. En ese punto límite algo cambia y el cuerpo, en vez de autodestruirse empieza a repararse.

Emilio la escuchaba con incredulidad. La directora le contó que estas crisis eran una invitación al cambio.

-Que el cáncer que tengo es una invitación?, -dijo Emilio con enojo. -Se me llevan mi vida y usted dice que es una invitación? Hubiera preferido que no me invitaran a ningún lugar, y que mi vida siguiera como estaba, que estaba perfecta.

-Si hubiera estado perfecta no se habría enfermado, -sacudió la médica con ternura.

El cáncer es siempre una enfermedad mortal. Pero nos ofrece dos alternativas. Matar nuestro cuerpo, o matar el personaje que éramos hasta que apareció. Y solo si muere la persona que éramos hasta antes de enfermarnos, el cuerpo puede sanar. Solo cuando no tenemos más posibilidades, comienzan nuestras reales posibilidades. Antes es imposible porque estamos llenos de certezas, voluntad, ideas. Solo cuando experimentamos que todo eso no sirve para nada, tenemos alguna chance.

Emilio podía reconocer algo de verdad en aquellas palabras. Pero qué hacer? Él no conocía lo que era no estar a cargo, no estar empujando todo el tiempo. Incapaz de registrar que eso mismo era lo que estaba en crisis. Cómo hacer para dejar de hacer, dejarse en paz? Casi que parecía absurdo. Se dio cuenta que aún en medio de aquella situación dramática, no había soltado. Solo estaba aturdido, desconcertado. Pero seguía a cargo de todo, aunque en ese momento se sintiera acorralado y sin saber por dónde ir.

Pocos meses después, para liberarlo de su enorme responsabilidad de vivir, la vida lo eximió de seguir a cargo.

 

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Incertidumbre, Miedo, Sufrimiento

Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir

Para resumir su realidad, Cristian le mostró una foto en la que tenía un bebé recién nacido en brazos.

-Quién es?, le preguntó su amigo Sergio.

-El hijo de Vero, fue la catastrófica respuesta.

Cristian estaba incendiado con Vero, un amor prohibido. La situación tenía cierto equilibrio porque ambos eran casados. El rutilante romance se había desencadenado dos años atrás, con ella casada y sin hijos, y él con veinte años de pareja y tres adolescentes.

Como suele ocurrir, todo era alucinante hasta que el romance empezó a generar los inevitables frutos amargos. Esas dolorosas dualidades de cualquier amor prohibido: máximo gozo y máximo sufrimiento. Nada de puntos medios. Blanco o negro, cielo o infierno. Y en donde lo que separaba un lugar del otro podía ser un milímetro o un segundo.

Con más de cuatro décadas y pese a tener un enorme prontuario sexual, Cristian sintió que había descubierto la sexualidad.  –Yo era virgen y no lo sabía, decía en alusión a lo que estaba disfrutando ahora, que nunca había conocido en veinticinco años de sexo.

Cierta madurez emocional conjugada con un vigor que todavía no declinaba, producía una performance sexual extraordinaria. Por primera vez en su vida el sexo se convertía en una experiencia casi mística. Era tal el gozo y la alegría profunda,  que el enorme placer que le había provocado durante décadas resultaba insignificante al lado de lo que vivía ahora.

Vero, si bien tenía algunos años menos, estaba viviendo lo mismo. Cuando se desencadenó el romance se acababa de casar y deseaba buscar un hijo con su marido. Cupido la había obligado a cambiar drásticamente los planes, esperando hasta que la situación se aclarara.

El tiempo fue pasando y lo único que se aclaró fue que ese amor prohibido era arrasador y  ambos integrantes estaban hasta las manos. La situación de Vero era menos compleja porque no tenía hijos. Aun cuando frenar y no encargarlos fue todo un tema como su marido, separarse dejaría menos heridos que los que provocaría Cristian, quien además de esposa tenía tres chicos.

Así pasó el primer año, con sexo a diario y doble vida. Por una de esas razones que la ciencia aún había sido incapaz de explicar, las mujeres eran superiores a los hombres a la hora de ocultar un affaire. El género masculino solía quedarse muy afectado, siendo incapaz de convivir con la situación y convirtiendo el hogar en un infierno.

Tal vez fuera que toda la potencia masculina encontraba en la esposa, el único e insalvable obstáculo para dar rienda libre al deseo. Esa situación desencadenaba que el hombre inevitablemente empezara a llevarse mal con su mujer.

El hecho que Cristian no quisiera dejar a su esposa para cuidarla junto con su familia, solo producía resultados paradójicos. Vero comprendía perfectamente la situación, y le fascinaba saber que él era un gran padre y un compañero en el que se podía confiar. Por un lado, esa situación la enamoraba aún más. Por el otro, la destruía saber que nunca podría estar con su amor.

Después de más meses de montaña rusa emocional, Vero tomó la drástica decisión de tener un hijo con su marido. Las conversaciones que se dispararon con Cristian eran maravillosas porque recorrían los más complejos laberintos del alma humana. Él comprendía perfectamente su decisión y la apoyaba. Era lo correcto, y cada uno tenía que defender su matrimonio. A su vez, sentía desolación al asumir que Vero no tendría un hijo con él sino con su propio marido, y que su amor por ella estaba condenado a muerte. El solo pensarlo le quitaba la respiración y llenaba los ojos de lágrimas. Dolor, frustración e ira inundaban su ser.

Finalmente ella juntó coraje e impulsividad y quedó embarazada. Su relación con Cristian entró en otra dimensión. Lo que parecía una decisión que sería el disparo de muerte al amor prohibido, solo potenció el encuentro entre ambos.

Como no seguir enganchados si estaban compartiendo una experiencia tan dramática juntos? El hecho que ambos tuvieran que transitar los confines del infierno los volvía camaradas de guerra, y por ello, con un vínculo a toda prueba. Se entendían con una simple mirada, hecho que no lograban con ninguna otra persona en el mundo. Cómo podrían ser comprendidos por alguien más si el drama no lo compartían con nadie?

Peor aún era la situación con sus respectivos cónyuges. Si bien era comprensible ocultarles semejante realidad para no destruirlos, la distancia emocional de cada uno con su marido o esposa era abismal. De qué tema importante podrían hablar con sus parejas si lo único que los tomaba en cuerpo y espíritu debía ser ocultado?

El embarazo progresaba y Vero y Cristian seguían teniendo sexo diariamente. Aunque también lo hacían una vez por semana con sus respectivas parejas para guardar las formas, todo era muy difícil. Ella hacía mucho tiempo que no tenía orgasmos con su marido. Él, por primera vez en su vida no conseguía sostener una erección. Como si fuera una maldición, para poder tener una relación sexual mínimamente aceptable con sus esposos, fantaseaban que estaban con sus amantes. Toda una ironía.

Dentro de los disparates que la realidad generaba, cuando Vero y Cristian se acostaban, más de una vez pensaban que el embarazo en curso era de ellos.

Para el quinto mes de gestación el obstetra confirmó que se trataba de un varón, pero alertó que el crecimiento no era bueno. La culpa se apoderó de ambos, y decidieron dejar de tener relaciones sexuales. Fuera por ello o no, el bebé se recuperó.

Las paradojas y contradicciones eran diarias. Como si fuera una conjura, cuando cedían a la brutal evidencia de los hechos y más se esforzaban por separarse, más conectados se sentían, y más ganas tenían de concretar el sueño imposible de estar juntos.

Entre la desolación y la locura llegó Semana Santa, y Cristian se despidió de su amor para viajar unos días con su familia. En la madrugada del domingo de Pascua recibió en su celular un mensaje con una foto de Mirko, el bebé recién nacido.

Cristian se sentía como un león enjaulado, atado de pies y manos por la vida, sin más remedio que resistir. Al regresar de su viaje combinó con su amor, y se encontraron en un bar donde se sacó unas fotos con el bebé en brazos.

-Qué infierno, le dijo Sergio. Y qué pensas hacer?

-Qué sé yo!, -fue la lacónica respuesta de Cristian.

-Hace un tiempo, antes de que naciera Mirko, pensaba que si en doce meses nuestro enganche seguía igual, tendría que separarme e ir a vivir con Vero. Pero no puedo dejar de pensar en su marido, y en que lo estaríamos privando de estar con su hijo de un año…

-Y con tu esposa?, quiso saber Sergio.

-Qué se yo…, -volvió a repetir Cristian. -Le tengo un enorme cariño, afecto, amor… Son veinte años juntos. Lo mismo le pasa a Vero.

-Y cómo sus respectivas parejas no se dan cuenta que ustedes están en otra galaxia?

-No lo sé. Hacemos lo imposible por cuidar todo y que nadie sufra, pero la vida se puso difícil.

Ambos se quedaron en silencio. Qué podía decirle Sergio que no fuera un lugar común? Que cortara el romance y ordenara su vida? Cómo, si hasta acá había sido totalmente imposible? Por el contrario, podría aconsejarle que dejaran sus familias, omitiendo todo el dolor que ocasionarían?

-Qué pensás?, -preguntó Cristian.

-Es complejo… En la vida hay situaciones claras, que pueden ser terribles pero no son ambivalentes ni contradictorias. Una muerte, una enfermedad irreversible, un despido, una quiebra. Tu caso es de esas realidades a las que también nos somete la vida, en donde hay enormes fuerzas encontradas, pero que en algún momento se resolverán. Esta escisión en la que vivís y es lo que te destruye, tarde o temprano terminará. Y vos dejarás de tener una existencia dual. Recuperarás una vida integrada

-Y cómo decís que se hace?

-Creo que todo lo que se puede hacer lo estás haciendo.

-Pero no alcanza…

-Por ahora.

-Y cuándo será suficiente?

-Quién lo sabe… Hay temas en la vida que solo requieren tiempo. Tolerarlos, convivirlos, todo lo que haga falta hasta que se disuelvan.

-No es un camino muy alentador…

-Se te ocurre alguno alternativo?

Cristian se quedó callado. Qué podía contestar? Llevaba dos años maravillosos e infernales, y en los que deseaba con desesperación que la realidad dejara de ser tan dual y contradictoria. No soportaba más estar partido al medio. Pero era plenamente consciente que las fuerzas encontradas eran grandes y equilibradas y que por eso la situación no se resolvía. La maravilla de su conexión con Vero era equiparable al amor por su esposa y sus tres hijos.

-Y si sigo así toda la vida?, -preguntó con desolación.

Sergio pensó en decirle que eso era improbable, casi imposible. Aún cuando la situación tomara unos cuantos años más en resolverse, era muy difícil que ese equilibrio durara décadas. En algún momento, su relación con Vero o con su esposa, se enfriaría o estropearía. Y sus hijos, indefectiblemente dejarían de ser adolescentes, por lo cual el equilibrio de fuerzas estaba llamado a romperse. Así y todo, optó por moverse en otra dirección.

-Y si seguís así toda la vida?, repreguntó.

-Hijo de puta!, -reaccionó Cristian entre enojado y risueño. Como si no quisiera que la realidad fuera tan cruel.

-Cuando no podemos modificar la realidad, solo nos queda adaptarnos a ella. Ponernos cómodos, aunque sea un cubículo poco anatómico y sin espacio. Los chinos dicen: “sino tiene solución, de qué te quejás? Y si tiene solución; de qué te quejás? Sin embargo, la vida siempre nos presenta temas que no está claro si tienen o no solución. Entonces, creo que la mejor estrategia es ponerse cómodo con la vida tal como es, pese a que pueda resultar muy difícil. Y parar de pelearse con una realidad, que en este momento es imposible de modificar…

Cristian volvió a mirar la foto de su celular en la que tenía al hijo de su amor en brazos. Suspirando, dijo: -Te cuento el infierno que vivo, y vos me recomendás que me vuelva un faquir…

-Y, si la realidad es una cama de clavos o un cubo de un metro cúbico, creo que lo mejor que podemos hacer es tratar de relajarnos aún en el medio de enormes limitaciones y sufrimiento. Es imposible pasar por esta vida sin atravesar períodos en los que tengamos que volvernos faquires para seguir viviendo. Sino, morimos desangrados por las heridas infligidas por las camas de clavos que nos tocan, o asfixiados por el poco oxígeno existente en los reducidos espacios que por momentos nos presenta la existencia.

-Aún cuando lo que decís no es lo que querría escuchar, me ayuda…

-A los efectos de vivir, es mucho mejor ser faquir que mago, dijo Sergio apretándole fuerte la mano para luego despedirse.

Artículo de Juan Tonelli: Todos tenemos que ser un poco faquires para poder vivir.

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Ego, Ideas equivocadas, Incertidumbre

Juntos y aislados

-¿Cómo estás con tu marido?, quiso saber el Maestro.

-Todo sigue igual, -fue la resignada respuesta de la discípula.

– O sea que bastante mal.

-En cierto sentido sí, -dijo tratando de suavizar la situación.

-Sigue ocupando todo el espacio emocional o existencial…

-¿Todo gira en torno a su vida, a sus problemas, y no hay lugar para otro ser?

-A mi me gusta contenerlo, acompañarlo… El tema es que ese es el único modo de vida…, -dijo la mujer suspirando.

-No llega a registrar que tenés sentimientos, problemas, cansancios, sueños, dilemas…

-La verdad que no.

-Tenés que poder decírselo.

-¿Para qué? ¿Para que en dos segundos me esté explicando que estoy equivocada, y que rompo las bolas?

-¿Pensás seguir viviendo así? ¿Estás preparada para no contar con tu pareja, y sobre todo, no poder encontrarte con ella?

El silencio invadía la habitación.

-¿Pensás que la situación se debe al año difícil por la fusión de la empresa en la que trabaja tu marido, o es algo más estructural, preexistente?

La falta de respuesta era bastante elocuente. Con los ojos humedecidos, dijo:

-A esta altura no puedo negar que el tema es mucho más complejo que la difícil coyuntura que atraviesa. Siempre hay una urgencia, una demanda excepcional, algo que atender. Su vida ocupa el lugar de la suya, la mía, la de los dos. Todo lo invade y no permite otra cosa más que un esquema básico de supervivencia. Nada de molestarlo ni de hablar de algo que no sea su propia vida.

-¿Y estás preparada para seguir así toda la vida, sin esperar nada de él? ¿A auto abastecerte emocionalmente?

-No lo sé. Claro que no es lo que me gustaría.

-Él no va a cambiar, -dijo el Maestro yendo a fondo. -O al menos, no por la fuerza o ni por tus planteos.

Muchas emociones corrían por el corazón de la mujer. Tristeza, al percibir que su ilusión de encontrarse con su marido, era básicamente eso: una ilusión. Frustración, al no poder cambiar una realidad tan difícil y amarga. Ira, al tomar conciencia que era ignorada, ya que él no tenía ninguna capacidad para registrarla. Dolor, al ser invisible a los ojos de la persona amada, como ya le había ocurrido en la infancia.

-¿Y entonces?, -preguntó casi en tono de súplica.

-Aunque seguramente no escuche, juntá fuerzas y hablá con él. Después, con tranquilidad, reflexioná si querés seguir viviendo así, porque lo más probable es que no cambie.

-¿Qué es lo que tendría que decirle?

-Lo que estamos hablando; que tenés sentimientos, problemas. Que has aprendido auto abastecerte emocionalmente y a no esperar una compañía que él no te puede dar, pero que no sabés si querés vivir toda tu vida así. Que él está tan absorto en sí mismo que no hay lugar para un otro.

-Eso y decirle que me quiero separar es casi lo mismo.

-No. Estás hablando de un problema bien difícil, en forma madura y clara.

-Así no le veo salida.

-Te diría que es exactamente al revés. Así tal vez tengas una salida. De la otra forma, seguro que no la hay. Aún cuando existan pocas probabilidades que las cosas cambien, vos estarás haciendo lo correcto, sin especulaciones.

-La verdad que tus palabras calan hondo.

-¿Por qué?

-Porque si no lo formulabas con semejante claridad y crudeza no lo sentía tanto. Dolía menos. Ahora me siento fatal. Sola, de soledad absoluta.

-Antes también te sentías igual, solo que no lo tenías tan consciente. Como una hemorragia interna: era igual o más grave.

Después de unos minutos en silencio, el Maestro preguntó:

-¿Qué pensás?

-El problema lo tengo, y es bien real. Pero me preguntaba si quiero llamar la atención para que él despierte, o si estaré dispuesta a separarme. De lo contrario, tendré que aceptar este asunto y sobrellevarlo.

El Maestro sonrió.

-Es un típico dilema humano. Anhelamos que con un ultimátum las cosas se acomoden a nuestra medida. Aún cuando en este caso tu reclamo es justo, en mi experiencia la gente no cambia y mucho menos bajo coerción. Mi recomendación es que plantees el tema, porque vos tenés el derecho a expresarlo y él a saberlo. Después evaluá tranquila, sabiendo que es improbable que cambie. Las estructuras mentales de las personas no se modifican por una charla, por más fuerte que ésta sea.

-Qué tristeza… Me siento como en el Huerto de los Olivos, o sea en la antesala de algo muy doloroso que a su vez, es inevitable.

-Tal vez te reconforte saber que no enfrentar los problemas termina siendo mucho más doloroso…

-Honestamente no me reconforta nada. Siento una tristeza muy profunda. Pienso también en él y en su propia soledad…

-Que debe ser enorme, -acotó el Maestro. -Si no puede encontrarse con vos; ¿con quién se va a encontrar? Salvo que tenga una vida paralela, pero no parece ser el caso.

La conversación era tan intensa que largas pausas se imponían para recuperarse.

-Aunque podría ser, lo veo difícil.

-¿Por qué?

-No veo difícil que tenga amantes; es mas, creo que es casi seguro. Lo que me parece improbable es una relación paralela; pero ¿quién sabe?

-¿No te molesta que pudiera tener amantes?

-Es que me parece secundario a lo que estoy planteando. Lo que me duele es que no exista espacio para que yo también me pueda abrir. Lo ocupa todo él y su vida. En ese contexto, que descargue tensiones y orgasmos en otro lado me resulta mucho menos importante.

-Entiendo….

-También me duele mucho el hecho que él sea el único que no ve su egocentrismo. Que sea un tema tabú que ven sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus familiares, y solo él no puede ver.

-¿O sea que te gustaría dejarlo para que todos, en voz baja, se compadezcan de vos?

Ella acusó el golpe. Aunque no se había dado cuenta, también sentía esa emoción. Después de todo, era una forma de grito desesperado para que alguien la registrara.

El Maestro, percibiendo aquellos sentimientos, se anticipó.

-El tema es que sería una victoria pírrica. Mas que tener razón, tu mejor resultado es poder encontrarte con él. No te sirve de mucho dejar en evidencia que el imposible de convivir es él…

-Totalmente, -dijo la discípula con pena.

-¿Tenés miedo?

-¿Cómo no tenerlo?, -se sinceró ella. -Si me separo, toda mi vida va a sentir el golpazo. Las relaciones, amistades, y por supuesto, el estilo de vida.

-¿Te preocupa mucho?

-Como toda cosa que uno no puede terminar de cuantificar. Es una incertidumbre muy grande.

-¿Tenés ganas de separarte?

-No lo sé. A cierta edad de la vida, uno aprende que no hay relaciones perfectas, ni mucho menos. Por lo cual, separarse para encontrar una mejor es siempre un dilema complejo porque si no estás bien seguro que tu pareja es mala, podés estar dejando algo razonable por algo que no vas a conseguir.

-El punto pasa por ser capaces de discernir si con lo que tenés podés estar contento, o sino. Y si llegás a la conclusión que no es posible porque está por debajo de un límite que considerás mínimo, es mejor correr el riesgo de separarse, aún sabiendo que puedas quedarte sola.

-Así lo siento.

El dolor y el cansancio invadían la cara de la discípula.

-Hablá con tu marido y explicale lo que te pasa. Cómo seguirá la película después, nadie lo sabe. Si no cambia nada, verás si aceptás vivir así, o si buscás otro camino. Paso a paso. Hacé lo que tenés que hacer, y dejá que la vida haga su parte, que por cierto, siempre es muchísimo más grande que la nuestra.

El Maestro le agarró con ternura la mano y le dijo:

-No pretendas contestar las preguntas fundamentales. Soltalas. Dejáselas a la vida que si las entregás, te irá enseñando. Cuando queremos respondernos desde lo que conocemos, solo obtenemos respuestas del pasado que no se renuevan y nos mantienen atrapados a la creencia de que estamos solos y separados. Escuchá a la vida. No todo pasa por nuestra cabeza. Afortunadamente, diría, -dijo guiñándole un ojo.
Artículo de Juan Tonelli: Juntos y aislados.

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Ansiedad, Aprendizaje, Incertidumbre

¿Qué camino tomo?

Muchas veces la vida es incierta. Nos presenta dilemas que es muy difícil dilucidar. Cuando la incertidumbre es alta y no sabemos qué camino tomar debemos considerar que de la presión nada bueno surge. Sentirnos presionados porque estamos obligados a decidir, porque hay poco tiempo, o por la razón que sea, suele agravar las cosas. En esos casos, lo mejor es ponernos cómodos con la vida, y darnos el tiempo necesario para que podamos ver y vivir las opciones, hasta que nuestro mismo cuerpo nos indique qué camino tomar. Dicen que crisis es cuando las preguntas no pueden responderse. En esos casos lo mejor es tolerar la tensión hasta que el tiempo nos permita construir una decisión.

-La verdad es que no tengo nada claro el tema.

-Por qué?, preguntó el Maestro.

-Por un lado tengo una buena vida, de la que no me puedo quejar. Pero las circunstancias que vivo parecen abrir ciertas puertas, cerrar otras, y no sé muy bien qué camino tomar.

-¿Y qué es lo que te preocupa?

-Justamente eso; no saber para donde correr.

-¿Cuáles serían las opciones?

-Ni siquiera las tengo bien claras. Por un lado estaría la posibilidad de hacer algo más vocacional que siempre me atrajo, aunque mal remunerado. Por el otro, seguir haciendo lo que hago ahora. Si bien es menos trascendente, me permite un desarrollo económico, algo que para mí es importante.

El Maestro reflexionaba en silencio. El discípulo, algo ansioso, continuó.

-Ya sé que me vas a decir que el dinero no es importante…

-Nunca te diría eso. El dinero, es importante. En todo caso, me preguntaba qué habría en lo profundo de cada alternativa. Las superficies suelen ser engañosas.

-¿Qué querés decir?

-Pueden confundirnos con falsas motivaciones. Los típicos espejismos que vemos los seres humanos.

-¿Cuáles podrían ser?

-Muchas de nuestras motivaciones profundas están relacionadas a nuestras carencias. Y de ellas, la búsqueda de reconocimiento es la más frecuente. Cuando no somos conscientes de nuestras carencias, éstas nos dominan por completo. Si en cambio, las reconocemos, tenemos algunas chances de elegir con más libertad y con más verdad.

-¿Qué te hace pensar que algo vocacional podría esconder una búsqueda de reconocimiento?

-Porque ese tema siempre está. Y cuando lo negamos es peor. ¿Harías esa actividad vocacional si supieras que vas a tener un lugar de poca exposición, o en el que no serás reconocido?

El discípulo se quedó callado. Era evidente que se trataba de un punto sensible. Ante el prolongado silencio, el Maestro prosiguió.

-Esa pregunta es central. Aunque ningún ser humano es indiferente al reconocimiento, si percibimos que ese es nuestro motor oculto, deberíamos analizar bien el caso.

-¿Para qué?

-Para no equivocarnos tanto. Negar que la búsqueda de reconocimiento nos resulta central, nos lleva por mal camino.  Pero reconocerla y minimizar lo que puede llegar a condicionarnos, también puede perjudicarnos mucho.

-¿Por qué?

-El primer caso es obvio; no hay peor enfermo que el que no lo admite. Sin embargo, con frecuencia observo que la mayoría de los que reconocemos nuestras enfermedades, simplificamos la cura. Personas que reconociendo su debilidad humana, consideran que con su voluntad alcanza. Como si bastara con una orden para que esa carencia dejara de condicionarnos.

-Y no es así…

-¿Pudiste sobreponerte a tus condicionamientos decretando el cese de esas pulsiones? Negar un problema es siempre la peor alternativa. Pero reconocerlo, no lo resuelve. Es solo un primer paso importantísimo. Pero como el camino es largo y cuesta arriba, la mayoría de las personas no quiere recorrerlo.

-¿Me estás diciendo que dejo mis actividades y vengo acá sin tener ganas de curarme?, -provocó el discípulo.

-Por supuesto, -le contestó el Maestro sin inmutarse. La mayoría de las personas no quieren curarse. Solo pretenden aliviar los síntomas.

El discípulo acusó el golpe. Percibía verdad en aquellas palabras. Después de un rato callado, preguntó:

-¿Y qué me aconsejarías frente al dilema que tengo?

-No niegues tu búsqueda de reconocimiento, haciendo como si no tuvieras ese problema. Pero mucho menos creas que sos un ser espiritual que con su sola voluntad se pone por encima de las debilidades humanas.

-¿Y frente a las opciones que tengo?, -repreguntó el discípulo algo ansioso.

-Eso es algo que vos tendrás que descubrir. No esperes una respuesta clara y contundente porque si la tuvieras no estarías en esta situación. Simplemente prestá atención a pequeños signos de por dónde puede pasar tu camino y por dónde no. Pequeñas signos. Solemos esperar señales imponentes, cuando en realidad, la vida nos vive hablando en voz baja. Solo después de años de sordera, empieza a gritarnos para ver si entendemos algo. Para ese entonces los costos suelen ser altos.

-¿Cómo se presentan esas pequeñas señales?

-Observá qué actividades te da alegría hacer, y cuáles no. En qué reuniones estás contento, y cuáles sentís que son tóxicas, que te envenenan el alma.

-Ufff…qué buenas referencias.

-Pensá con qué personas y con qué jefe podrías aprender mucho. Con quién te gustaría trabajar para vivir una experiencia rica.

-Nunca lo había pensado en esos términos.

-Es que en el fondo siempre estuviste tan preocupado por llegar a la meta que no te quedó mucha energía para conectarte con la experiencia o los compañeros de ruta. Paradójicamente, ahí está la mayor riqueza.

-Pensar en trabajar con alguien del que pudiera aprender me produce alegría.

-Y sí; aflojar la exigencia de tener que llegar te puede permitir relajarte un poco y aprender algo.

-Es que vivo con un sentido de urgencia, -se sinceró el discípulo.

-Contame…

-Correr, apurarme, porque si no no voy a llegar.

-¿A dónde?

-A la cima.

-¿A la cima de qué?

-No sé, del universo…, dijo el discípulo entre risas.

-Es muy difícil tomar buenas decisiones si siempre te sentís urgido. La vida a veces nos pone en situaciones límites; pero si vivís como si todo el tiempo estuvieras en una situación extrema es imposible decidir bien. Ni hablar de tener una buena vida.

-¿Y cómo hago?

-Finalmente nuestra identidad siempre se termina manifestando. Así que no te presiones por hallar tu destino lo antes posible. Alcanza con que te aflojes un poco y confíes en que los vas a encontrar. Correte del ahora o nunca.

-¿Y cómo hago para saber qué camino tomar?

-Imaginate viviendo cada opción. Pensá cómo sería tu vida el próximo año si transitaras ese camino. También, dentro de cinco años. Esto último sirve para descartar, ya que lo que puede convenirnos en el corto plazo, no se sostiene en el largo plazo. Conozco gente que meditando en su vida dentro de cinco años tomó la decisión de separarse. Imaginar ese horizonte les sirvió para tomar conciencia que no querían seguir con su pareja.

-Resumiendo, -dijo el discípulo entre risas. -Elegir el camino en donde perciba pequeñas señales de que transitarlo me da alegría. Salirme de la sensación de ahora o nunca, porque solo complica más las cosas. Buscar a dónde puedo aprender más, qué camino me interesa, me da ganas de recorrer. Imaginarme transitando el camino, y visualizar a donde no querría estar en cinco años…

El Maestro lo miró con ternura ya que no era adepto a las fórmulas. Sin embargo, percibiendo que su interlocutor buscaba ideas rectoras, a modo de cierre, le dijo:

-A cierta edad, las buenas decisiones se toman más con el corazón que con la mente. Movete en dirección a aquello que te conmueva.

Artículo de Juan Tonelli: ¿Qué camino tomo?

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